10.24.2011
Desde los afectos.
¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo,
Que nadie establece normas salvo la vida,
Que la vida sin ciertas normas pierde forma,
Que la forma no se pierde con abrirnos,
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente,
Que no está prohibido amar,
Que también se puede odiar,
Que el odio y el amor son afectos.
Que la agresión porque sí hiere mucho,
Que las heridas se cierran,
Que las puertas no deben cerrarse,
Que la mayor puerta es el afecto,
Que los afectos nos definen,
Que definirse no es remar contra la corriente,
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja,
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio,
Que negar palabras implica abrir distancias,
Que encontrarse es muy hermoso,
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida,
Que la vida parte del sexo,
Que el "por qué" de los niños tiene un por qué,
Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad,
Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana,
Que nunca está de más agradecer,
Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo,
Que nadie quiere estar solo,
Que para no estar solo hay que dar,
Que para dar debimos recibir antes,
Que para que nos den hay que saber también cómo pedir,
Que saber pedir no es regalarse,
Que regalarse es, en definitiva, no quererse,
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos,
Que para que alguien "sea" hay que ayudarlo,
Que ayudar es poder alentar y apoyar,
Que adular no es ayudar,
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara,
Que las cosas cara a cara son honestas,
Que nadie es honesto porque no roba,
Que el que roba no es ladrón por placer,
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo,
Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte,
Que se puede estar muerto en vida,
Que se siente con el cuerpo y la mente,
Que con los oídos se escucha,
Que cuesta ser sensible y no herirse,
Que herirse no es desangrarse,
Que para no ser heridos levantamos muros,
Que quien siembra muros no recoge nada,
Que casi todos somos albañiles de muros,
Que sería mejor construir puentes,
Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve,
Que volver no implica retroceder,
Que retroceder también puede ser avanzar,
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol,
¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida?
Mario Benedetti.
10.04.2011
Esquela.
El paraíso
en medio de los hombres y mujeresde la ciudad
que vuelven a sus casas
un martes de invierno
tenemos derecho
a regocijarnos y embelesarnos.
Bastante sufrimos.
Una vez pusiste
en medio de los hombres y mujeres
Bastante sufrimos.
Una vez pusiste
“Igual que siempre, mejor que nunca”.
Y la mia decía
Y la mia decía
“Amo verte dormir.
Es como cuando comes,
Pasa la luz y se va, si florece de madrugada. Si se abre, y desparrama estelas vacías en la mañana.
Nos va cubriendo porque nos vamos. Viajamos. Vemos pasar las luces y la ruta sigue vacía. Para hacernos entrar, para decidir el camino que no conocemos.
Porque el irse es eso. Y es volver.
Volver para que se te escuche. Cambiar el agua en el que se zambulle tu voz. Cambiar el aire. Correr el aire. Correr por el agua de tu voz.
Es que cambie o no el recorrido, el agua es la misma si cae en el vidrio. Si corre adentro de tus ojos tibios.
O afuera. Si tus mejillas recorre.
A quién le importa si total
ya te fuiste
ya nos vamos.
Vos volviste.
Nos va cubriendo porque nos vamos. Viajamos. Vemos pasar las luces y la ruta sigue vacía. Para hacernos entrar, para decidir el camino que no conocemos.
Porque el irse es eso. Y es volver.
Volver para que se te escuche. Cambiar el agua en el que se zambulle tu voz. Cambiar el aire. Correr el aire. Correr por el agua de tu voz.
Es que cambie o no el recorrido, el agua es la misma si cae en el vidrio. Si corre adentro de tus ojos tibios.
O afuera. Si tus mejillas recorre.
A quién le importa si total
ya te fuiste
ya nos vamos.
Vos volviste.
Septiembre se me perfumó. Ya se me llena de azahares y me florecen nubes blancas que están entre flores de almendro, durazno y ciruelo. Septiembre se me llena de costanera, se me llena de gente, de besos.
Octubre empieza a ser blanco y beige. Primero frutos y después flores del paraíso. Esas que son blancas con ese toque índigo, casi escondido. Que por suerte salen, porque cansa que las bolitas se aplasten, se peguen a la suela de las zapatillas.
En Noviembre se inunda un río naranja por Eduardo Costa. De las tipas caen pétalos y lágrimas. Lluvia de origen terrestre, llena de sombra de sol, llena de luz de flor.
Diciembre se tiñe de lila con el jacarandá. Ese que es casi celeste para los ojos de María Elena Walsh. Y si es en la plaza, despacito, es increíble, porque se enciende el color. Y si llueve... Si llueve, más todavía. Porque el piso es de ladrillo y el cielo lila y verde.
Y el otoño se pone rojo, naranja, marrón. Se pone frío. Bellísima forma de morir tiene el verano.
Octubre empieza a ser blanco y beige. Primero frutos y después flores del paraíso. Esas que son blancas con ese toque índigo, casi escondido. Que por suerte salen, porque cansa que las bolitas se aplasten, se peguen a la suela de las zapatillas.
En Noviembre se inunda un río naranja por Eduardo Costa. De las tipas caen pétalos y lágrimas. Lluvia de origen terrestre, llena de sombra de sol, llena de luz de flor.
Diciembre se tiñe de lila con el jacarandá. Ese que es casi celeste para los ojos de María Elena Walsh. Y si es en la plaza, despacito, es increíble, porque se enciende el color. Y si llueve... Si llueve, más todavía. Porque el piso es de ladrillo y el cielo lila y verde.
Y el otoño se pone rojo, naranja, marrón. Se pone frío. Bellísima forma de morir tiene el verano.
Los esteros.
-Hagan espacio, chicos.
Javier se iba a correr, pero se levantó, pisó los bolsos que estaban en el piso y se sentó a upa de mamá. Exhalé fuerte. Se suponía que los chiquitos viajaban atrás y con cinturón.
Un hombre se acercó a la ventana de adelante y papá la abrió.
-Qué tal, buen día.
-Buenas
-¿Para dónde va, hombre?
-A donde pueda, sin problemas
-Vamos para Posadas, ¿le viene bien?
-Sí, sí, gracias.
Me pidieron que le abriera la puerta y lo miré a través del vidrio. Le faltaban dientes.
Me senté apretadísima contra mi lado del auto y miré el paisaje. El hombre largaba un olor infernal, pero intenté que no me viera que respirando por la boca. Mamá me miró, sonrió y me dio la mano a escondidas. Seguro que a ella tampoco le gustaba el tipo, pero se hacía la simpática.
Volvíamos de las vacaciones de invierno. Según mamá, cuando le contó a la tía por teléfono, fue una semana llena de naturaleza y en familia. Era la primera vez que íbamos a los Esteros del Iberá. Desde que se enfermó la abuelita de Valeria del Mar, a mamá le había agarrado la manía de que había que conocer esos lugares porque nunca se sabe si después se va a poder. Un día le pregunté por qué no íbamos a la casa de la abuelita, que yo no la conocía ni a ella ni a la playa. Pero se enojó y no le pregunté más.
El hombre tenía la piel oscura y seca, como arrugada, pero no de viejo. Tenía pelo negro, barba larga y los ojos muy rojos. La ropa era grande, tenía botas, un poncho y un sombrero que se sacó cuando entró al auto. Las manos me llamaron la atención. Las tenía manchadas de rojo.
Papá le charlaba, como hace siempre con la gente desconocida. Le preguntaba de dónde venía, a dónde iba, dónde trabajaba, cómo se llamaba. El hombre murmuraba para responderle. Varias veces papá se quedó en silencio para no pedirle por tercera vez que repitiera lo que había dicho. Mamá estaba callada y le hacía mimos a Javier, que estaba dormido sobre sus piernas.
El hombre me miraba de a ratos. Cuando papá no le hablaba. Yo me daba cuenta, e intentaba que no viera que lo miraba de reojo. Miraba mis libros, mi ropa, mi pelo. Me miraba como si yo no estuviera ahí para darme cuenta. Como si estuviera bien mirar tan fijo a alguien. Mamá y papá ni se daban cuenta, tenían los ojos en la ruta. Si Javier hubiera estado ahí atrás quizás no me habría estado mirando. Y si me miraba, yo podía ser la que se pasara para adelante. Total Javier era varón y no le tenía que dar miedo.
-¿Cuánto falta, má?-Le preguntó Javier, dormido.
-Mucho, Javi. Seguí durmiendo.
-¿Mucho cuánto?
-Horas. Dormite mi amor.
El hombre se dio vuelta para mirar por la ventana y aproveché para seguir revisándolo. Entre las botas tenía una bolsa que me llamó la atención. Estaba manchada, igual que sus manos. Le goteaba un líquido rojo que estaba manchando toda la alfombrita. El olor tan desagradable parecía salir de ahí.
Cuando empecé a distraerme de nuevo con el paisaje, sentí que se movía y lo miré. Se estaba levantando el poncho a un ritmo lento. Colgado del pantalón, tenía un cinturón con un estuche de cuero. Lo abrió. Sacó un cuchillo demasiado grande, un facón, como le dice papá. Estaba manchado de la misma sangre que él y que su bolsa.
No sabía si gritar, porque ni mamá ni papá miraban. Sentí como si no me fueran a escuchar. Planeé abrir la puerta y tirarme. Después alguien me podría levantar en la ruta y llevarme para Buenos Aires de nuevo. Me alejé cada vez más.
El hombre clavó el cuchillo en la bolsa y la sangre chorreó más. Después metió la mano manchada nuevamente en el estuche.
Sonó una música electrónica y mamá se dió vuelta. El hombre sacó un celular del estuche y atendió.
-¿Puedo bajar acá, Don?
-Sí, claro. Espere que lo arrimo.
Se llevó la bolsa y el cuchillo. Entró por una tranquera de madera al costado de la ruta y se fue caminando por un camino de tierra, dejando un rastro de sangre detrás suyo.
Cuando llegamos a Corrientes, paramos a almorzar en una estación de servicio.
-Qué aventura, ¡eh! Un gaucho de carne y hueso. ¿En qué otro lugar ibamos a conocer a uno?- Nos dice papá.
Yo miro para otro lado y sigo masticando la medialuna. Sigo queriendo conocer la playa, pero mejor ni les digo.
Quizás un sueño.
Una plaza de cemento para patinadores está realmente al aire libre, pero refugia a los visitantes con un techo que todavía no noté. Llegué allí en un viaje. Yo acababa de terminar la carrera de arquitectura con veintiséis años (aunque por mi altura aparentaba seguir en la adolescencia) y buscaba espacios desconocidos, quería conocer algo que en Buenos Aires no encontraba. Los chicos, vestidos con zapatillas como naves y buzos gastados, me miraban con la curiosidad infinita de quién jamás vió a una mujer en su vida. Llevaban crestas en el cabello, que sacudían después de cada pirueta con las dos manos. Rasgaban el cemento en cada salto, le sacaban chispas con cada caída. Recuerdo que me impresionó el uso que se le podía llegar a dar a unos bancos circulares en un espacio público, lo importante que resultaban las plazas para algunos miembros de la sociedad.
Cuando ya me habían intimidado lo suficiente, decidí moverme. Más lejos, había unos asientos de cemento que no estaban usando, y me quedé ahí para poder seguir observando. Mis jeans me permitían sentarme tranquila, y, aunque hacía un poco de frío, estaba bastante cómoda.
-¡Ey! ¡Amalia!
Un grupo de chicas se acomodaron rápidamente a mi lado, formando puentes con su cuerpo, amontonándose una arriba de la otra como una pirámide. Recibí una patada bastante fuerte de Amalia que, en un descuido, buscando a quién la llamaba, no notó mi presencia. Cuando la última parte de la pirámide estuvo lista, se fueron bajando de a una, entre revolcones. Muchachas de expresión seria, vestidas con ropa elástica de colores, se alejaban y saltaban las unas sobre las otras, como los pedazos de chicle que se juntaban y se estiraban en sus bocas.
-Disculpame, ¿te lastimé?- me preguntó Amalia.
-No, estoy bien.- tartamudeé. Me sorprendió al separarse del grupo. Era individual también. Tenía su propia voz.
Me sonrió y volvió a su posición, mientras me invitaba a subir.
-¿Querés probar?
Negué con la cabeza. Mi falta de fuerza y elongación me habían obligado a renunciar al deporte varios años atrás.
-¡Dale!- Ahora no era solo ella, todo el grupo me alentaba a hacer el ridículo.
Me levanté para acercarme, pero antes de poder apoyar un pie en el banco, otro skater se cruzó por debajo de mi pierna haciendo que saltara una gelatina gris que había crecido entre el banco y el suelo. La gelatina se pegó a mi cuerpo y luego se derritió en el piso.
Una de ellas me dio la mano y me ayudó a subir a la pirámide. Yo iría al tope. Pisé una cabeza pelirroja, un par de hombros, espaldas, lastimé una rodilla desnuda y llegué a descubrir el techo. Nunca nada antes me había impresionado tanto. Era inmenso, se hundía hacia arriba y parecía haber sido pintado por algún artista del Renacimiento. Unos ángeles acariciaban las manos de mujeres semidesnudas, otros parecían bailar y les faltaban los ojos. Estaba muy bien resguardado, algo poco esperable para un lugar así, donde cualquier noche de vandalismo los ángeles comenzarían a usar anteojos y las mujeres tendrían bigotes o un miembro flotante sobre sus labios.
Cuando creí que ya iba a poder bajar, un impulso me hizo pararme y saltar, y una nueva chica se agarró de mí para bajar. No entendía de dónde había salido. Cada vez aparecían más y más, y el lugar se expandía y las chicas y las patinetas se multiplicaban. Todo se llenaba de pies, manos, cabezas.
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