-Hagan espacio, chicos.
Javier se iba a correr, pero se levantó, pisó los bolsos que estaban en el piso y se sentó a upa de mamá. Exhalé fuerte. Se suponía que los chiquitos viajaban atrás y con cinturón.
Un hombre se acercó a la ventana de adelante y papá la abrió.
-Qué tal, buen día.
-Buenas
-¿Para dónde va, hombre?
-A donde pueda, sin problemas
-Vamos para Posadas, ¿le viene bien?
-Sí, sí, gracias.
Me pidieron que le abriera la puerta y lo miré a través del vidrio. Le faltaban dientes.
Me senté apretadísima contra mi lado del auto y miré el paisaje. El hombre largaba un olor infernal, pero intenté que no me viera que respirando por la boca. Mamá me miró, sonrió y me dio la mano a escondidas. Seguro que a ella tampoco le gustaba el tipo, pero se hacía la simpática.
Volvíamos de las vacaciones de invierno. Según mamá, cuando le contó a la tía por teléfono, fue una semana llena de naturaleza y en familia. Era la primera vez que íbamos a los Esteros del Iberá. Desde que se enfermó la abuelita de Valeria del Mar, a mamá le había agarrado la manía de que había que conocer esos lugares porque nunca se sabe si después se va a poder. Un día le pregunté por qué no íbamos a la casa de la abuelita, que yo no la conocía ni a ella ni a la playa. Pero se enojó y no le pregunté más.
El hombre tenía la piel oscura y seca, como arrugada, pero no de viejo. Tenía pelo negro, barba larga y los ojos muy rojos. La ropa era grande, tenía botas, un poncho y un sombrero que se sacó cuando entró al auto. Las manos me llamaron la atención. Las tenía manchadas de rojo.
Papá le charlaba, como hace siempre con la gente desconocida. Le preguntaba de dónde venía, a dónde iba, dónde trabajaba, cómo se llamaba. El hombre murmuraba para responderle. Varias veces papá se quedó en silencio para no pedirle por tercera vez que repitiera lo que había dicho. Mamá estaba callada y le hacía mimos a Javier, que estaba dormido sobre sus piernas.
El hombre me miraba de a ratos. Cuando papá no le hablaba. Yo me daba cuenta, e intentaba que no viera que lo miraba de reojo. Miraba mis libros, mi ropa, mi pelo. Me miraba como si yo no estuviera ahí para darme cuenta. Como si estuviera bien mirar tan fijo a alguien. Mamá y papá ni se daban cuenta, tenían los ojos en la ruta. Si Javier hubiera estado ahí atrás quizás no me habría estado mirando. Y si me miraba, yo podía ser la que se pasara para adelante. Total Javier era varón y no le tenía que dar miedo.
-¿Cuánto falta, má?-Le preguntó Javier, dormido.
-Mucho, Javi. Seguí durmiendo.
-¿Mucho cuánto?
-Horas. Dormite mi amor.
El hombre se dio vuelta para mirar por la ventana y aproveché para seguir revisándolo. Entre las botas tenía una bolsa que me llamó la atención. Estaba manchada, igual que sus manos. Le goteaba un líquido rojo que estaba manchando toda la alfombrita. El olor tan desagradable parecía salir de ahí.
Cuando empecé a distraerme de nuevo con el paisaje, sentí que se movía y lo miré. Se estaba levantando el poncho a un ritmo lento. Colgado del pantalón, tenía un cinturón con un estuche de cuero. Lo abrió. Sacó un cuchillo demasiado grande, un facón, como le dice papá. Estaba manchado de la misma sangre que él y que su bolsa.
No sabía si gritar, porque ni mamá ni papá miraban. Sentí como si no me fueran a escuchar. Planeé abrir la puerta y tirarme. Después alguien me podría levantar en la ruta y llevarme para Buenos Aires de nuevo. Me alejé cada vez más.
El hombre clavó el cuchillo en la bolsa y la sangre chorreó más. Después metió la mano manchada nuevamente en el estuche.
Sonó una música electrónica y mamá se dió vuelta. El hombre sacó un celular del estuche y atendió.
-¿Puedo bajar acá, Don?
-Sí, claro. Espere que lo arrimo.
Se llevó la bolsa y el cuchillo. Entró por una tranquera de madera al costado de la ruta y se fue caminando por un camino de tierra, dejando un rastro de sangre detrás suyo.
Cuando llegamos a Corrientes, paramos a almorzar en una estación de servicio.
-Qué aventura, ¡eh! Un gaucho de carne y hueso. ¿En qué otro lugar ibamos a conocer a uno?- Nos dice papá.
Yo miro para otro lado y sigo masticando la medialuna. Sigo queriendo conocer la playa, pero mejor ni les digo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario