Los dos sabemos muy bien que lo cursi no va con nosotros, pero es irresistible, un cliché insoportable, el lugar común de quienes se quedan por horas, besándose en la vereda. Igual, nos reimos.
10.23.2010
10.13.2010
Ascendiendo en la noche
(Escribí esto antes de empezar con las aguafuertes porteñas de Arlt y, cuando las leí, descubrí que lo plagié sin siquiera haberlo plagiado)
Sobre Buenos Aires flotan ventanas amarillas cada noche. Estos cuadrados alineados apuntando hacia el cielo, como queriendo subir, se prenden apenas se apaga el sol.
Cada tanto, las sombras se cruzan, tiñendo la luz, moviéndose dentro del cubículo que quiere ascender a toda costa, que quiere reemplazar a la estrellas. Las ventanas amarillas son algo constante.
A veces se apagan. Si los ojos de alguna sombra quieren cerrarse para dormir, apagan las ventanas. Oscurecen los cubículos y se meten entre sus sábanas, con sus mujeres, sus pastillas o su silencio. Las sombras solas son lo más triste dentro de las ventanas negras. Porque las ventanas amarillas no necesitan más de una sombra, pero las negras son tan frías que a veces se alimentan de la mente de las sombras solitarias.
Cuando las ventanas amarillas se apagan, se vuelven negras y desaparecen sobre el cielo. Se desvanecen en la noche. Flotan en el cielo mientras las sombras duermen. Y dejan su deseo del ascenso, se disponen a callar sobre alguna avenida.
La ciudad no desprecia a las ventanas negras, porque son íntimas aunque estén repletas de soledad. Porque en ellas hay sueño y vigilia, hay hasta sombras despiertas en la oscuridad. Y dicen que las ventanas negras escuchan mejor. Porque no saben quien llora, quien grita de placer, quien canta en la madrugada. Entonces resultan objetivas y consoladoras. No se cansan, son plenas, tan infinitamente llenas como vacías. Las ventanas negras tienen manos de fuegos que acarician, dientes, labios que besan. Guardan respiraciones, suspiros y sudor, se guardan los secretos de quienes bajan por la noche a abrir la heladera y pintan la ventana de amarillo por un momento.
Dicen que la oscuridad de las ventanas negras tiene los ojos abiertos.
En once, una fuente inmigrante de Gazpacho en las manos de María Estela cruza la ventana amarilla. Su novio africano huele. El vapor perfumado inunda su cuerpo y sale por sus poros negros. Se conocieron en un tren hacia el Noroeste argentino que salía de Retiro. Él iba por primera vez, ella visitaba a su hermana. El gazpacho se lo enseñaron a hacer sus abuelas, las dos españolas de pura cepa. La fuente viajó en el barco desde la península ibérica décadas atrás y ahora cruza la luz de una ventana amarilla.
Con más deseos ascendentes, lejos, se ennegrece otra ventana. Dos hermanas, rubias, de flequillo, comparten un un departamento pequeño, la ropa, la comida, los ojos alemanes, los amigos de la Goethe, los domingos en la quinta de Benavidez, las ganas de casarse, el miedo a no irse nunca. Discuten.
Su balcón da al río, al igual que el balcón del Tano, que vive solo. Su ventana es siempre negra porque todavía no le instalaron la luz eléctrica y cada vez que se hace de noche y él es solo una sombra en un oscuro cubículo, extraña a Giuliana. Su mujer murió hace tres años, por lo que se acaba de mudar a otro lugar. Para despejarse un poco, le recomendaron. Mientras los cubículos amarillos de Buenos Aires se van apagando, entra al cuarto y cierra la ventana que da al balcón. Por ahí, el día que su ventana esté amarilla pueda volver a mirar el río sin angustiarse.
Estas ventanas cambian cada vez más de color. Rojas, azules, verdes... depende de qué película estén pasando por telefé los domingos a las ocho.
Y ahora aparecieron las blancas. Son ventanas que no buscan ascender, que parecen estrellas por sí solas.
Las lámparas de bajo consumo están cambiando el cielo de Buenos Aires.
10.11.2010
El sistema nervioso: La memoria y los sentidos.
El oído interno está conformado por una cosa larga en forma de espiral con pequeños pelitos internos que se inclinan cuando las membranas basilar y no se cual más se mueven entre sí. Así el encéfalo siente el sonido.
Aunque parezcamos gente vacía, que si no nos desarrollamos el arte, la filosofía, la política no somos nada más que humanos, en realidad podríamos ser mucho más que eso. Si nos ponemos a pensar en el mecanismo de nuestro organismo veríamos de lo que podríamos ser capaces, porque parece no tener límite. Nuestra sociedad es limitada, acá nada es infinito. Pero nuestras posibilidades reales no terminan nunca.
Alguien algún día dijo hay que poner límites, cortar con la libertad, hacer que haya cosas normales y anormales. Alguien pensó que había que taparse y levantarse las tetas, que la vejez era mala, que las uñas se podían pintar, que el sexo era tabú, que sólo podíamos andar en auto, que tenían que haber personas con guita y personas sin casa. Alguien pensó que existía la diferencia entre las pieles y culturas, o que somos todos humanos, o que estamos solos. Alguien dijo algún día que hay que casarse, que antes de eso hay que noviar, que salir, conocerse.
¿No vivimos sobre los árboles porque a nadie se le ocurrió o porque hay límites globalizados?
Si yo viviera en un árbol, me pintara la cara de rojo todos los días, si me vistiera con hojas de un árbol y llegara tarde a todos lados, si no trabajara y viviera en el río, si plantara mi propia comida y jamás pensara en casarme, besara a algunos chicos que pasaran a mi lado, solo por el gusto de ello, y no por que creyera que pueden ser buenos, malos, lindos, bajos, altos, feos, tontos... ¿Qué pasaría?
Cuando aparece algo nuevo es descomunal porque todos creemos que no podemos ser más de lo que somos, que hay gente con y sin don. Lo nuevo es darse cuenta que no hay límites. No hay normalidad, no hay reglas reales, no hay dueños, depresivos, no hay análisis, números. Es todo una mentira gorda, una escenografía sobre nuestras vidas de papel.
Si te arriesgás sobresalís, pero debería ser normal. Si sobresalís te envidian o te critican. ¿Y por qué importa? ¿Alguien dijo alguna vez qué tenía que importar?
¿Alguien dijo alguna vez cómo me tenía que relacionar con los demás, cómo tengo que ser o pensar? ¿Alguien puso el blanco o negro?
¿Para qué le hicimos, hacemos, haremos caso?
FREEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEDOM, please.
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