5.21.2012

No me conoce, pero se acerca a mí. Un pie adelante del otro sobre el piso frio de madera.
Las luces están prendidas.
No nos miramos, no hay saludos ni torpezas. No hay sexos, ni apellidos, ni edades.
Una silla hace de línea divisoria entre una y la otra.
Nos sentamos.
Tiene un pañuelo rojo. Yo voy de negro.
Estamos espalda con espalda y ninguna se dio cuenta todavía.
Hasta que nuestros tactos se sienten.
Es así que gira la cabeza y se cambia de lugar.
Yo me siento en su lado, ella en el mío.
Pero se para, se acomoda y me empuja con los pies.
Se sienta y se mece.
La miro, enojada, la empujo. Me paro en mi silla, sacudo las piernas.
Me vuelvo a sentar.
Ella se para sobre el piso, detrás de mí.
Puedo verla por el espejo.
Masajea, enreda mi pelo. Un rato la dejo.
Me doy vuelta, la miro y giramos en círculos.
Su pie se posa en un agujero del respaldo.
Yo ojeo por entre las patas.
Me muestra la silla, pero niego con la cabeza.
Señalo la silla, la miro.
Ella insiste. Yo insisto.
Empuja la silla hacia mi.
Intento levantar la silla, pero el asiento se despega.
Nuestro susto es infinito. Es inocente.
Corremos hacia atrás de la cortina negra.
Silenciosas, nos acercamos de nuevo.
Contamos hasta tres, levantamos el asiento y sale de todo de ahí adentro.
Increíble. Inabarcable para cuatro ojos.
Nos sentamos como nos descubrimos.
Espalda con espalda sabiendo que la otra está.
No hay géneros, ni nombres. No me conoce.
De fondo nos mueve Shake It, de Thom Hanreich.
                                          (Click y Escuchar)
En la casa de mis abuelos hay una pequeña biblioteca con libros viejos. Eran de mis tíos, mi mamá, mi abuela, cuando eran chicos. Estos años se fueron agregando varios míos y de mi hermano.
Hace poco recuperé algunos que no quería perder, para que les hagan compañía a las novelas adultas que ahora leo.
Cuando los recuperé, me tiré en un sillón a releerlos. Tapas gruesas, hojas de colores, con más ilustraciones que texto. ¿Qué abrirá más caminos a la imaginación? ¿Las letras o los trazos? ¿Un adjetivo o una mancha de acuarela? Si bien cada uno hace su interpretación de cada palabra, ¿no es demasiado escueto nuestro diccionario como para explicar este mundo?
Hay múltiples lenguajes: Están los colorinches, los invisibles, los estridentes, los negros, los estructurados, los barriales. ¿Por qué no fusionarlos?

Claudine a l'ecole era una novela adolescente, situada en Francia. No tenía muchos dibujos, solo el de la tapa. Cuando no me llevaba libros a lo de los abuelos lo leía. Siempre tenía que volver a empezar porque me olvidaba lo que había leido meses atrás.
Claudine era una mujercita en una escuela pupila, cuyas compañeras me parecían bastante descerebradas. El colegio estaba en el medio de un pueblito desolado, en una pradera feliz. Y Claudine sonaba cosmopolita, intelectual, traviesa, divertida. Sonaba más a mujer parisina que a jovencita de Montigny. Algo me acuerdo de sus descripciones sobre los ojos gatunos color miel de una de sus profesoras, Amanda. Me suenan unos celos con la directora, pero no me acuerdo muy bien.
Hoy descubrí que Colette, la autora, fue, ademas de novelista, una actriz en una de las más famosas pantomimas lésbicas (obras de cabaret), titulada Rêve d'Égypte (Sueño de Egipto). Y que escribió Claudine a l'ecole en el 1900.

Descubrir los libros de la infancia.

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