Septiembre se me perfumó. Ya se me llena de azahares y me florecen nubes blancas que están entre flores de almendro, durazno y ciruelo. Septiembre se me llena de costanera, se me llena de gente, de besos.
Octubre empieza a ser blanco y beige. Primero frutos y después flores del paraíso. Esas que son blancas con ese toque índigo, casi escondido. Que por suerte salen, porque cansa que las bolitas se aplasten, se peguen a la suela de las zapatillas.
En Noviembre se inunda un río naranja por Eduardo Costa. De las tipas caen pétalos y lágrimas. Lluvia de origen terrestre, llena de sombra de sol, llena de luz de flor.
Diciembre se tiñe de lila con el jacarandá. Ese que es casi celeste para los ojos de María Elena Walsh. Y si es en la plaza, despacito, es increíble, porque se enciende el color. Y si llueve... Si llueve, más todavía. Porque el piso es de ladrillo y el cielo lila y verde.
Y el otoño se pone rojo, naranja, marrón. Se pone frío. Bellísima forma de morir tiene el verano.
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