12.01.2011

Mercado de Pulgas de recuerdos.


Existen, en las memorias y desmemorias de cada persona, elementos muertos. Son pequeñas cosas que no se olvidan, o sólo a medias, y se extrañan bastante, o sólo un poco. Existen espacios compartidos que dejamos de visitar con el cuerpo, pero a los cuales viajamos con la mente. Existen, están, viven, reviven, se esconden, se encuentran, se memorizan y desmemorizan en las palabras de la infancia.

Había una vez una ventana.

En ella,
la luz
quedaba la noche entera prendida.

Sobraba tiempo
dentro suyo,
para cualquier mujer.

Tiempo para correr de un lado al otro,
para atender el teléfono,
llorar,
buscar un nuevo disco que escuchar.

Dentro del marco,
tras las ciegas persianas,
de la misma ventana,
sucedieron historias.

Entraron por ella vientos fuertes,
salieron manos de abuelas,
a ver si llueve,
se sentaron muchachas al sol,
a buscar un qué sé yo en la enciclopedia.

Un día cualquiera
la más pequeña de las mujeres
la vió abierta.

Y tiró un muñeco por la ventana
y derramó por ella la chocolatada
y lanzó las bay biscuits.

Un día cualquiera
dejó de ser pequeña
para ser mujer en la ventana.

Para apagar la luz.

Para cerrarla.

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