8.25.2010
Porque en el mundo, todos los que viven, sueñan.
8.24.2010
8.17.2010
luz
8.16.2010
Nos veremos.
8.03.2010
I won’t need answers, I’ll just know.
No se necesitan respuestas.
Sentados a la mesa del comedor, en silencio, abren la boca sólo para comer. No queda más que esperar al fin del mundo, lo único que sirve es volver al principio. Él la mira confundido, no entiende qué hacer, qué decir. Tiene el cerebro más revuelto que el gramajo y millones de hipótesis no lo dejan pensar con claridad. Ella intenta tomar sus manos y él la suelta. Se levanta con furia y se encierra en su habitación hasta la noche siguiente, rock a todo volumen. Su mejor amigo.
Desde el restaurant que manejaban juntos se podía ver el barrio de Palermo y los aviones despegando sobre las casas de luces amarillas, millares de noctilucas porteñas; cada ínfima persona que camina por sus calles alborotadas; los parques rodeados de edificios… Sólo con subir en un ascensor hasta el séptimo piso, abrir la puerta y sentarse en la terraza fresca.
El plan les había salido cómo esperaban. Iban a hacer varios cursos de cocina, abrir un restaurant por la zona, atenderlo ellos mismos, vivir juntos y cerca para poder dormir lo más posible, invitar amigos… ideas juveniles que normalmente se pierden con el tiempo. Puras promesas inoportunas, renovadas, inconclusas. Se llevaban bien hasta que las cosas se volvían un tanto extrañas y tenían que vivir separados por un tiempo. Pero las heridas cicatrizan. Pocas veces hablaban sobre lo que habían sentido años atrás, no era un tema que los dejara cómodos, siempre terminaban discutiendo.
Una noche, al volver de una reunión del secundario en una parrilla de Recoleta se quedaron haciendo panqueques en la cocina. Ella había hecho la mezcla y después él los iba a cocinar en la sarten. Cuando terminaron de untarlos con dulce de leche y los metieron en el microondas (tibios con el dulce derritiéndose son lo mejor para el frío), ella dijo:
-No te olvidaste de Ariadna.
Él se hizo el sordo.
-Podríamos comer los panqueques viendo Volver al futuro. La dos me parece que es la que mejor funciona.
-¿No me escuchaste?- insistió.
-Sí, te escuché.
-Entonces respondeme.
-Sabés cómo soy. Nunca me olvido.
-¿De mí tampoco?
Y volvieron los truenos, relámpagos y la furia de titanes. Los panqueques fueron a parar a la heladera, y ella a la casa de una amiga.
Normalmente se arreglaban rápido. El problema era que se parecían, y no solo en que eran orgullosos, cariñosos, sino que también se asemejaban físicamente, varias veces les habían preguntado si eran hermanos. Pero normalmente no respondían, no eran muy tolerantes con los demás, y menos con esas personas que sólo preguntaban por sacar conclusiones. Odiaban a la manada, a los asquerosos que solo se guían por la vista y no por el olfato, el oído, el gusto, el tacto, esa gente que ve un plato de comida y no lo come por lo que cree que es. Pero lo que les gustaba de estas personas era que a veces resultaban teniendo un lado que jamás hubieran imaginado. El del gusto por una siesta los domingos, una buena película en la madrugada, una canción para pasar el rato y pensar, cualquier tipo de música, en vivo o de la que sale por los auriculares. Podían terminar siendo excelentes interlocutores para una charla filosófica o cultural, una buena pareja para el arte de pintarse las zapatillas.
Días después del episodio en el comedor, ella lava los platos y lo escucha llorar. Últimamente no hablan entre sí más que para decirse las básicas monosílabas, pero se da cuenta de que algo le viene pasando. Entra a la habitación y no puede más que acariciarlo. Él prende un cigarrillo y, a paso tranquilo y encorvado, va hacia el balcón con la guitarra. Ella lo sigue, notando que tiene la mirada aguda, acuosa, llorona. Lo mira de cerca antes de abrazarlo y descubre los colores de sus ojos como la primera vez, los usa para pintarse una noche nueva: Quiere tenerlo cerca, su sonrisa sobradora y que se muerda los labios y le diga –como antes- dos palabras.
Pero no pasa.
Charlan hasta la madrugada (obviamente sin nombrar lo innombrable), él toca un par de canciones nuevas, dos termos de mate se van sin que se den cuenta y sale el sol. Deciden no dormir e ir directamente al séptimo piso para ponerse a trabajar. Ese día la cocina trabaja sin parar. Los clientes llegan, se amontonan. Los cocineros reciben millones de felicitaciones.
“Tiempo es lo que nos falta. ¿Que pasa si no alcanza? ¿Qué hacemos si perdemos todo con el paso de los meses?” Piensa.
Él no puede ver su valija llena contra la puerta, ni sentir en falta el aroma a champignones salteados. No se da cuenta del tiempo perdido y se pierde en conversaciones afiebradas en cada cena, para terminar durmiendo hasta tarde, para dejarla sola en el restaurant
Son las cuatro de la tarde. Él se despierta, se frota los ojos y va, encorvado, a la cocina. Se queja cuando siente los granitos de azúcar que quedaron en el piso bajo sus pies descalzos y se ensombrece los ojos con una mano para poder ver que hay para desayunar. La lata azul de galletitas está vacía (como siempre), no queda más yerba, ni café, y cortaron el agua. La llama. Grita su nombre con fuerza, la busca en su cama, en el baño, en el balcón, en el ascensor y hasta en las escaleras. Mientras marca su número telefónico siente un deja vú y se tira en el sillón, confundido. Después de maquinarse durante quince minutos mirando el reloj y a su péndulo intentando pestañar lo menos posible, recuerda haber pasado por lo mismo el martes, y el jueves, y también el domingo de esa misma semana.
Se da cuenta de que el restaurant ha permanecido cerrado por un mes. Reabre, invita a amigos, intenta renovar su monótona vida que cada día parece comenzar igual. Busca más sabores para agregar al menú, busca alguien más con los sonidos, con los labios, con los latidos, con la suavidad. Alguien que sepa volver el tiempo atrás. Volver a ver sus zapatillas escritas junto a la foto de 1995 y un solo acorde: que salga el sol.
Un mes después, por la noche, con más ojeras, ropa distinta y otro perfume, vuelve. Él abre los ojos en la oscuridad y escucha atentamente la puerta cerrarse, la valija contra el piso de pinotea, sus piernas llevándola hasta el y su cuerpo recostándose a su lado. Corriendo de a poco las sábanas, con extrema delicadeza, acariciando el colchón. Quedándose dormida. Su respiración, otra vez y sus manos secas.
Dos nombres, dos sueños cada noche, mientras están hambrientos. Dos cuerpos que salen de sus cuartos para comer lo que puedan encontrar en la alacena. Cuatro manos que agarran, que muerden, que lastiman, devoran. Cuatro manos que parten, cortan, arrancan. Dos palmas que se acarician. Diez dedos entrelazados. Dos miradas clavadas, van de una pupila a la otra. Una luz que se apaga.
8.02.2010
Vals
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