Le Fabuleux Destin
5.28.2013
9.04.2012
Guarde, guarde.
Parece ser que, cuando una se siente atada a sus antepasados, a todos los papelitos y papelones guardados, a todo eso que no quiere ni puede tirar, tiene un miedo oculto a seguir adelante.
De chica, pegaba con cinta scotch monedas de veinticinco centavos a mis libros. Eran mi esperanza. Tenía la certeza de que en algún momento iba a tener que irme, que iba a haber una terrible inundación o un incendio, y no tendría pertenencia alguna. Absolutamente nada. Entonces iba a encontrar, por arte de magia, una moneda en un libro. Esa sería la salvación. Rescate literario. Gracias a la monedita y a la cinta scotch, no me convertiría en una vagabunda porteña (por lo menos por el momento).
Pero no guardo solo monedas: desde que tengo memoria que vengo acumulando hebillas de mi bisabuela, cartas al-chico-que-me-gusta, figuritas, fotos. Desde que me di cuenta de que todo termina, el tiempo pasa, vengo guardándome recuerdos, imágenes en la cabeza, frases de los sabios. No quiero que nada se me olvide.
El pasado es un misterio que nunca voy a descubrir del todo, del cual sólo pueden contarme ciertos detalles, generalidades sobre cómo eran las cosas. Trabajo de nunca acabar, el de conocer lo que no se conoció. Nadie jamás va a poder describirme las sensaciones momentáneas. Las pequeñas explosiones internas en las noches con amigos, los olores del verano, la calma de la hora de la siesta. Cuánto frío hacía en invierno, cómo era el silencio, cómo se sentían las manos de Juana. Las miradas y las facciones que se perdieron en las fusiones sanguíneas, en las noches acaloradas en las que los idiomas desaparecían y todo era piel, van a seguir siendo una incógnita. No las voy a ver más que en fotos.
Gente y lugares que sólo voy a conocer en blanco y negro.
Pero qué suerte que ya viene el futuro, con sus nuevos ojos, bocas, sus lenguajes y palabras. Lo que va venir a ser parte de mi pasado.
Futuro es muerte, pasado gente. Y el presente ¿qué? El presente es nada más. [...] Solo quisiera un poco más para vivir.
Jaime Roos, Tema del hombre solo.
De chica, pegaba con cinta scotch monedas de veinticinco centavos a mis libros. Eran mi esperanza. Tenía la certeza de que en algún momento iba a tener que irme, que iba a haber una terrible inundación o un incendio, y no tendría pertenencia alguna. Absolutamente nada. Entonces iba a encontrar, por arte de magia, una moneda en un libro. Esa sería la salvación. Rescate literario. Gracias a la monedita y a la cinta scotch, no me convertiría en una vagabunda porteña (por lo menos por el momento).
Pero no guardo solo monedas: desde que tengo memoria que vengo acumulando hebillas de mi bisabuela, cartas al-chico-que-me-gusta, figuritas, fotos. Desde que me di cuenta de que todo termina, el tiempo pasa, vengo guardándome recuerdos, imágenes en la cabeza, frases de los sabios. No quiero que nada se me olvide.
El pasado es un misterio que nunca voy a descubrir del todo, del cual sólo pueden contarme ciertos detalles, generalidades sobre cómo eran las cosas. Trabajo de nunca acabar, el de conocer lo que no se conoció. Nadie jamás va a poder describirme las sensaciones momentáneas. Las pequeñas explosiones internas en las noches con amigos, los olores del verano, la calma de la hora de la siesta. Cuánto frío hacía en invierno, cómo era el silencio, cómo se sentían las manos de Juana. Las miradas y las facciones que se perdieron en las fusiones sanguíneas, en las noches acaloradas en las que los idiomas desaparecían y todo era piel, van a seguir siendo una incógnita. No las voy a ver más que en fotos.
Gente y lugares que sólo voy a conocer en blanco y negro.
Pero qué suerte que ya viene el futuro, con sus nuevos ojos, bocas, sus lenguajes y palabras. Lo que va venir a ser parte de mi pasado.
Futuro es muerte, pasado gente. Y el presente ¿qué? El presente es nada más. [...] Solo quisiera un poco más para vivir.
Jaime Roos, Tema del hombre solo.
7.16.2012
Klimt
¿Qué sucede en todos esos lugares dónde no estamos? ¿Qué pasa cuando apagamos la luz y salimos de un cuarto? ¿Alguien hablará de nosotros? ¿Alguien estará dispuesto a arriesgarse a responder semejantes preguntas? Todos hemos estado cuando otro se iba, pero nadie estuvo presente en su propia ausencia.
¿Qué sucede en los cuadros cuando dejamos de mirarlos?
El árbol de la vida nace de una tierra emparchada. Se nutre de múltiples colores, flores con formas indeseables que se asemejan a botones. Pequeñas escamas en el piso. Un collage estrellado. Están mimetizadas con el tronco chico y tosco, que se muestra en todo su esplendor en sus ramificaciones.
Le han crecido unas cuantas flores al árbol de la vida. En ellas reposan todas las miradas habidas y por haber, de colores imposibles. Crecen día a día. En el árbol las ramas re retuercen y se espiralan, tanto como las vueltas que dan los humanos al ir y regresar. Crece como un vientre que se hincha a la espera de un bebé. Sus ramas se expanden, hijas de una semilla.
El árbol de la vida ocupa la noche. Su corteza dorada se distingue en la llanura, y muestra sus ojos abiertos, sus ojos atentos a cualquier movimiento. Es glorioso verlos pestañear. Las ramas siempre se enrollan y desenrollan, toman nuevas formas y se articulan las unas con las otras para lograr la urgente comodidad. Y, de vez en cuando, nacen nuevas espirales. Tímidas, encuentran su espacio cerca de alguna flor, de algún brote cercano que les dé sombra y cobijo para poder desenrollarse por primera vez, y sentir ese despliegue de todas sus virtudes, como huesos que suenan a la vez de músculos que se estiran. Así sería si se tratara de humanos, pero son ramas del árbol de la vida. Brotes oro que buscan su lugar dentro del cuadro.
A los costados, dos mujeres. Una redondeada y una triangular. Una que duerme, otra que mira. Una que sueña, otra que envidia. Una que mata, otra que vive. Una que vive con su vicio de las facciones corporales imperfectas, sonrisas llamativas y ojos profundos y rodeados de pestañas. Otra que parece no ser capaz de amar, que proviene de un tiempo remoto y piramidal.
¿Qué sucede en los cuadros cuando dejamos de mirarlos?
El árbol de la vida nace de una tierra emparchada. Se nutre de múltiples colores, flores con formas indeseables que se asemejan a botones. Pequeñas escamas en el piso. Un collage estrellado. Están mimetizadas con el tronco chico y tosco, que se muestra en todo su esplendor en sus ramificaciones.
Le han crecido unas cuantas flores al árbol de la vida. En ellas reposan todas las miradas habidas y por haber, de colores imposibles. Crecen día a día. En el árbol las ramas re retuercen y se espiralan, tanto como las vueltas que dan los humanos al ir y regresar. Crece como un vientre que se hincha a la espera de un bebé. Sus ramas se expanden, hijas de una semilla.
El árbol de la vida ocupa la noche. Su corteza dorada se distingue en la llanura, y muestra sus ojos abiertos, sus ojos atentos a cualquier movimiento. Es glorioso verlos pestañear. Las ramas siempre se enrollan y desenrollan, toman nuevas formas y se articulan las unas con las otras para lograr la urgente comodidad. Y, de vez en cuando, nacen nuevas espirales. Tímidas, encuentran su espacio cerca de alguna flor, de algún brote cercano que les dé sombra y cobijo para poder desenrollarse por primera vez, y sentir ese despliegue de todas sus virtudes, como huesos que suenan a la vez de músculos que se estiran. Así sería si se tratara de humanos, pero son ramas del árbol de la vida. Brotes oro que buscan su lugar dentro del cuadro.
A los costados, dos mujeres. Una redondeada y una triangular. Una que duerme, otra que mira. Una que sueña, otra que envidia. Una que mata, otra que vive. Una que vive con su vicio de las facciones corporales imperfectas, sonrisas llamativas y ojos profundos y rodeados de pestañas. Otra que parece no ser capaz de amar, que proviene de un tiempo remoto y piramidal.
5.21.2012
No me conoce, pero se acerca a mí. Un pie adelante del otro sobre el piso frio de madera.
Las luces están prendidas.
No nos miramos, no hay saludos ni torpezas. No hay sexos, ni apellidos, ni edades.
Una silla hace de línea divisoria entre una y la otra.
Nos sentamos.
Tiene un pañuelo rojo. Yo voy de negro.
Estamos espalda con espalda y ninguna se dio cuenta todavía.
Hasta que nuestros tactos se sienten.
Es así que gira la cabeza y se cambia de lugar.
Yo me siento en su lado, ella en el mío.
Pero se para, se acomoda y me empuja con los pies.
Se sienta y se mece.
La miro, enojada, la empujo. Me paro en mi silla, sacudo las piernas.
Me vuelvo a sentar.
Ella se para sobre el piso, detrás de mí.
Puedo verla por el espejo.
Masajea, enreda mi pelo. Un rato la dejo.
Me doy vuelta, la miro y giramos en círculos.
Su pie se posa en un agujero del respaldo.
Yo ojeo por entre las patas.
Me muestra la silla, pero niego con la cabeza.
Señalo la silla, la miro.
Ella insiste. Yo insisto.
Empuja la silla hacia mi.
Intento levantar la silla, pero el asiento se despega.
Nuestro susto es infinito. Es inocente.
Corremos hacia atrás de la cortina negra.
Silenciosas, nos acercamos de nuevo.
Contamos hasta tres, levantamos el asiento y sale de todo de ahí adentro.
Increíble. Inabarcable para cuatro ojos.
Nos sentamos como nos descubrimos.
Espalda con espalda sabiendo que la otra está.
No hay géneros, ni nombres. No me conoce.
De fondo nos mueve Shake It, de Thom Hanreich.
(Click y Escuchar)
Las luces están prendidas.
No nos miramos, no hay saludos ni torpezas. No hay sexos, ni apellidos, ni edades.
Una silla hace de línea divisoria entre una y la otra.
Nos sentamos.
Tiene un pañuelo rojo. Yo voy de negro.
Estamos espalda con espalda y ninguna se dio cuenta todavía.
Hasta que nuestros tactos se sienten.
Es así que gira la cabeza y se cambia de lugar.
Yo me siento en su lado, ella en el mío.
Pero se para, se acomoda y me empuja con los pies.
Se sienta y se mece.
La miro, enojada, la empujo. Me paro en mi silla, sacudo las piernas.
Me vuelvo a sentar.
Ella se para sobre el piso, detrás de mí.
Puedo verla por el espejo.
Masajea, enreda mi pelo. Un rato la dejo.
Me doy vuelta, la miro y giramos en círculos.
Su pie se posa en un agujero del respaldo.
Yo ojeo por entre las patas.
Me muestra la silla, pero niego con la cabeza.
Señalo la silla, la miro.
Ella insiste. Yo insisto.
Empuja la silla hacia mi.
Intento levantar la silla, pero el asiento se despega.
Nuestro susto es infinito. Es inocente.
Corremos hacia atrás de la cortina negra.
Silenciosas, nos acercamos de nuevo.
Contamos hasta tres, levantamos el asiento y sale de todo de ahí adentro.
Increíble. Inabarcable para cuatro ojos.
Nos sentamos como nos descubrimos.
Espalda con espalda sabiendo que la otra está.
No hay géneros, ni nombres. No me conoce.
De fondo nos mueve Shake It, de Thom Hanreich.
(Click y Escuchar)
En la casa de mis abuelos hay una pequeña biblioteca con libros viejos. Eran de mis tíos, mi mamá, mi abuela, cuando eran chicos. Estos años se fueron agregando varios míos y de mi hermano.
Hace poco recuperé algunos que no quería perder, para que les hagan compañía a las novelas adultas que ahora leo.
Cuando los recuperé, me tiré en un sillón a releerlos. Tapas gruesas, hojas de colores, con más ilustraciones que texto. ¿Qué abrirá más caminos a la imaginación? ¿Las letras o los trazos? ¿Un adjetivo o una mancha de acuarela? Si bien cada uno hace su interpretación de cada palabra, ¿no es demasiado escueto nuestro diccionario como para explicar este mundo?
Hay múltiples lenguajes: Están los colorinches, los invisibles, los estridentes, los negros, los estructurados, los barriales. ¿Por qué no fusionarlos?
Claudine a l'ecole era una novela adolescente, situada en Francia. No tenía muchos dibujos, solo el de la tapa. Cuando no me llevaba libros a lo de los abuelos lo leía. Siempre tenía que volver a empezar porque me olvidaba lo que había leido meses atrás.
Claudine era una mujercita en una escuela pupila, cuyas compañeras me parecían bastante descerebradas. El colegio estaba en el medio de un pueblito desolado, en una pradera feliz. Y Claudine sonaba cosmopolita, intelectual, traviesa, divertida. Sonaba más a mujer parisina que a jovencita de Montigny. Algo me acuerdo de sus descripciones sobre los ojos gatunos color miel de una de sus profesoras, Amanda. Me suenan unos celos con la directora, pero no me acuerdo muy bien.
Hoy descubrí que Colette, la autora, fue, ademas de novelista, una actriz en una de las más famosas pantomimas lésbicas (obras de cabaret), titulada Rêve d'Égypte (Sueño de Egipto). Y que escribió Claudine a l'ecole en el 1900.
Hace poco recuperé algunos que no quería perder, para que les hagan compañía a las novelas adultas que ahora leo.
Cuando los recuperé, me tiré en un sillón a releerlos. Tapas gruesas, hojas de colores, con más ilustraciones que texto. ¿Qué abrirá más caminos a la imaginación? ¿Las letras o los trazos? ¿Un adjetivo o una mancha de acuarela? Si bien cada uno hace su interpretación de cada palabra, ¿no es demasiado escueto nuestro diccionario como para explicar este mundo?
Hay múltiples lenguajes: Están los colorinches, los invisibles, los estridentes, los negros, los estructurados, los barriales. ¿Por qué no fusionarlos?
Claudine a l'ecole era una novela adolescente, situada en Francia. No tenía muchos dibujos, solo el de la tapa. Cuando no me llevaba libros a lo de los abuelos lo leía. Siempre tenía que volver a empezar porque me olvidaba lo que había leido meses atrás.
Claudine era una mujercita en una escuela pupila, cuyas compañeras me parecían bastante descerebradas. El colegio estaba en el medio de un pueblito desolado, en una pradera feliz. Y Claudine sonaba cosmopolita, intelectual, traviesa, divertida. Sonaba más a mujer parisina que a jovencita de Montigny. Algo me acuerdo de sus descripciones sobre los ojos gatunos color miel de una de sus profesoras, Amanda. Me suenan unos celos con la directora, pero no me acuerdo muy bien.
Hoy descubrí que Colette, la autora, fue, ademas de novelista, una actriz en una de las más famosas pantomimas lésbicas (obras de cabaret), titulada Rêve d'Égypte (Sueño de Egipto). Y que escribió Claudine a l'ecole en el 1900.
Descubrir los libros de la infancia.
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