3.28.2010

Río de sonidos

No lo siento, esperaba que me estuviera mirando y sin embargo mira a la chica de al lado. Con mis anteojos negros puedo mirar a quien yo quiera sin que puedan darse cuenta.

Ésa noche cantaba como ninguna, tenía una cierta tranquilidad que me dejaba aprender cualquier melodía, mientras inventaba una atmósfera entre las miradas de la gente sentada cerca, por ahí. Abajo, arena; afuera, el río, sus camalotes y la increíble vista de una ciudad que por las noches parece incendiarse. Con algo de vergüenza, agarré la guitarra. Me la colgué del hombro y empecé a tocar un par de acordes que hace meses había descubierto que combinaban bastante bien. Los acompañe con unos “pa pa pa pás” y descubrí que me miraban. Uno se sumó con los huevitos de madera llenos de arroz, otra con la flauta y los restantes con unas palmadas. Terminamos poniéndole letra, palabras familiares como tío, abuelo y sobrino, haciendo un chiste sobre el “papá papá”. Nos reímos, el río se veía entre blanco y negro, gracias a la luna. Creo que ahí me quedé dormida, escuchando a uno de mis queridos acompañantes cantar una melancólica canción sobre dejar de lado todo lo que te solía hacer bien (y ya no).
Me desperté con el fresco de la madrugada, ese horario en el que ya se puede ver unas líneas de luz en el horizonte. Miré a mi alrededor, varias parejas recostadas, mirando el sol salir: me dí cuenta de que estaba en otro punto de la ciudad, ninguno de ellos me había escuchado cantar. Es increíble lo profundo que puede llegar a ser nuestro sueño, que nos trasladen a cualquier otro lado sin sentir un rasguño.
Había soñado con una habitación oscura, nocturna. Sobre sus paredes negras, varias puertas. Puertas de colores, puertas talladas, todas completamente diferentes. Yo golpeaba una por una, esperaba a que saliera alguien, y cuando la persona abría la puerta, le pedía un caramelo. Cuando ésta me miraba como si estuviera rematada y completamente loca, me daba cuenta de que la conocía. Amigos perdidos (por el tiempo o por variadas discusiones), antiguas parejas y familiares poco entrañables me cerraban la puerta en las narices.
Mucha gente intenta descifrar el significado de los sueños, supongo que a mi no me interesan demasiado, me gusta que mi mente invente esas cosas sólo porque mi imaginación tiene capacidad para irse por las ramas. (Al igual que yo): La cuestión es que estaba en un lugar desconocido.
Me levante y empecé a caminar entre la gente. Alguien me chistó, me di vuelta para mirar, era un chico. Rapado, abrigado con una manta bordó agujereada y vestido de negro. Su sonrisa me paralizó. Tenía un anillo extraño que brillaba por el sol reflejado en la plata, del que pude ver una parte color coral. Las piedras siempre me impresionaron, toman colores maravillosos: nunca creí que la naturaleza los creaba por si misma, sino que no existían más alla de los acrílicos para arte. Le alcancé mi mano para que pudiera levantarse, y la agarró, tirando hacia abajo, logrando que me cayera sobre él. Nos reímos tímidamente, los dos sabíamos que el ruido molestaba. Saqué una birome de mi bolso y me escribí en la mano "¿Dónde estamos?". Su simple respuesta fue una sonrisa. Nos quedamos ahí hasta que bajaron los telones nocturnos y las personas comenzaron la retirada. Sin haber emitido palabra alguna, sentía que conocía al muchacho de toda mi vida. Esos concurridos lugares siempre resultan así: liberales, se sabe que podés cruzarte en cualquier momento con tu próximo compañero de viaje hacia tierras lejanas. Lo más importante es saber dejarse llevar.
Al ver la luna, entendí que la música llegaba. Mucha percusión, unas pocas guitarras desparramadas por ahí y el saxofonista llamando la máxima atención. Un círculo enorme sobre la arena nos unía a todos, al igual que el sonido. Durante la entera madrugada escuché ritmos latinoamericanos y algo de rock. Lo que me fulminó fue el jazz. Lo supe describir como "explosiones en mis oídos, suaves y amargas". Me dijeron que cantara algo, volví a mi papel de extrema timidez y encontré sus ojos. Me miraba concentrado, con esa incógnita que no podía descifrar. Me dejé llevar y les mostré que podía llegar a mis propios agudos con una canción de Björk.
Cuando el sol volvió a salir, le pedí a una chica indicaciones. Él dormía.
Estaba en el punto exactamente contrario de la ciudad.
Le saqué el anillo, le dejé una carta enrrollada al dedo meñique y fuí hasta la orilla, tiritando de frío. Un hombre estaba por salir a volar, tenía una silla adosada a un ventilador, que colgaba de una especie de vela o paracaídas, con lo que se empujaba. Emocionadísima, le pedí que me llevara hasta mi costanera. Aceptó.
Caí al agua unos metros antes de llegar, por lo que debí alcanzar la orilla nadando.
¿Y el anillo de coral?
No sobrevivió. A veces solo hay que dejarse llevar, y él se había pegado demasiado a mi dedo.

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