6.22.2010

Tiempos de furia, de rabia, de fuego. Esos tiempos que me volaron la cabeza, cuando me dijiste que la extrañabas. Cuando no puedo ser quién quiero por estar atada a tu cintura, mientras tus ojos pertenecen al más allá.

6.21.2010

Sobre Juan vé Justo.

Ah, mirá, la plancha al pelo. Te queda lindo, supongo. Aunque te prefiero igual que siempre. Panchi dale, mirame a los ojos o me voy a caer. Seguí bailando, dale, que todavía no te pude ver, estás tan lejos. Y tan linda. Ese vestido azul, tus ojos me miran de reojo en el hueco que dejan los demás borrachos. Dale, que ya cierra la disco. No te ví en todo el verano y ahora decirme jugate a mi mismo ya no sirve. Si ya sé que para llegar a vos tengo que romper las cadenas que me atan a la barra, cruzar la muralla de tus amigas, reirme como si nada, escalar hasta llegar a tus manos y quebrar el vidrio de nuestra amistad hasta sentir tus labios. Adentro del nubarrón, el mar, y más adentro lluvia con el río dentro suyo, más adentro, el cielo y la hierba. Mirame de nuevo a ver que más veo, Francisca.

Oh, sabés mi amor, que mi prettiest friend me gusta más que vos. Y a ÉL le gusto yo más de lo que le gustás vos.
¿Y mi ego, nena? ¿Qué hago con mis queridos anteojos, nena?
Tenés razón. Lola Mento, así termina la historia Jaime.
Y lloré y supuse que caminando para el otro lado iba a estar mejor. Pero para sacar un clavo necesitás un martillo de esos con formita rara, Juan. Los clavos no saben sacar a los otros clavos.
Mejor dejo pasar la historia y me cambio a química.
(Le contó Jaime esa misma noche antes de irse, a las 6 y cuarenta y dos de la mañana.)

En la maceta de la ventana habían puesto cactus para que las palomas de la capital no arruinaran la bella view de su little flat. Eran la francesa con el rusito, el alto con la baja, el flaco con la flaca. ¿Qué esperaban de una vida en Juan B. Justo?
La francesa y su terrible manía de querer volver adorable lo que no lo es. Lo kitsch, el felpudo rosa sobre el inodoro. Francisca tenía la cabeza de poodle más adorable, la pesadilla de su mamá. Esas tardes de luchar con el cepillo, la crema, el peine, la ducha.

La sonrisa en los labios de Francisca. Por suerte, su anterior cuarto se había convertido en una muy adorable oficina dentro de un departamento, en un edificio, sobre Juan B. Justo. Y la disco de esos viejos años adolescentes era ahora un estacionamiento. Y Juan ya no la vé justo porque él vive en Uruguay.

6.16.2010

Hildegarden

Se llora lo que se llora, uno no elige de quién se enamora, ni elige qué cosas a uno lo hieren.

Se subió al trolebús, las monedas y su sonido diario: el boleto sale mágicamente. El Boulevard Oroño la llevaba al río Paraná, que se fusionaba con el sol en un mágico Amarillo. Llegó a destino justo a tiempo para ver al agua tragarse toda luz, para ver la última chispa dorada del día.

Se bajó en la costanera y se preparó para caminar las cuadras que faltaban. Balcarce, Moreno bis (Ahí se preguntó para qué, con la cantidad de próceres y ciudadanos que hubo en la historia de Argentina, repetían el nombre de una calle. Se le ocurrió proponer poner su propio nombre, pero se sintió el plagio de Miguelito y decidió no hacer nada), Dorrego bis, Italia bis (Bueno, tal vez podía pedirle prestada la idea, no era tan terrible), España (pasando por la Plazoleta Ahumada imaginó el origen de su nombre, la plaza quemándose, humo sobre el río), Presidente Roca, por fin. Cruzó la calle, pisó el pasto en vez de caminar por un pseudo sendero de baldosas y abrió la puerta del ascensor de Los Jardines de Hildegarda. En el menú del bar cuentan que Hildegarda era la hija de Guillermo Tell (gran influencia en la Independencia de Suiza). Tenía la puerta enrejada de los antiguos, esos en los que se podía ver las escaleras desde adentro, con terminaciones doradas, pintados de negro. El ascensor decidió bajar por su cuenta y ella sacó las témperas del bolsillo. Pintó con los dedos, llenó las paredes de colores. Por suerte, la luz funcionaba.

Usó mucho rojo. “Ahí tenés vieja, ROJO”, dijo en voz alta, casi sin darse cuenta. Su madre solo sabía pronunciar ese tono como colorado. Cómo si entendiera algo sobre colores más que de los que están en los vestidos, en las vidrieras. En el minuto y medio que tardó en bajar, llenó el ascensor de recuerdos en forma de témpera, (menos el espejo, donde había un viejo dibujo de un hombre) y se le revolvió todo con bronca. Una de esas broncas que te hace apretar fuerte los puños, te cristaliza los ojos y querés gritar cómo nunca. Esa bronca roja la puso en cuclillas y la hizo llorar durante once lágrimas, que cayeron sobre la goma gris del piso.

-¿Clara?

Un desconocido la miraba con pena a través de la puerta abierta.

Se secó los lagrimales y lo miró.

-No, te equivocaste de persona, flaco.

-¿Flaco? Ya estoy grande, Clarita.

-No te conozco.

-Tanto tiempo… ¿tomamos algo?

Ella salió del ascensor y se dio por vencida. El tipo no le generaba desconfianza, igualmente. Había unas pocas parejas repartidas adentro y afuera del bar, con los codos apoyados en las mesas decoradas con fotos, entradas de recitales y tapas de discos. No había luz, veía su cuerpo negro en la más pura oscuridad. El ventanal mostraba el río, que a su vez reflejaba el cielo. Imposible distinguir el límite entre uno y otro en esa negrura, si es que no habían intercambiado posiciones, de arriba abajo, de abajo arriba. ¿Cuál de las dos lunas se movía con la corriente?

Se sentaron en una de las mesas de afuera. Ella pidió cerveza y él un café amargo.

-Bien caliente, si puede ser.- pidió.

La moza lo miró desafiante con sus ojos delineados de azabache y él sonrió al ver el tatuaje que llevaba en el tobillo.

-Enseguida vengo.

“Va a la barra, y de una mesa a la otra, lleva bandejas con todo tipo de tragos y bebidas. Cada tanto se tambalea, pero siempre recobra el equilibrio. No va a volver.” Pensó. Él le contó la historia. Laura era una antigua novia con cinco hermanas que eran casi iguales a ella, y todas trabajaban en el mismo bar. La había reconocido por el tatuaje de una frutilla.

-¿Y por qué una frutilla?

-Strawberry Fields for Ever¸ Clarita. Me extraña.

-¿Debería saber eso, por algún motivo que, por cierto, todavía no entendí? Ésta conversación no tiene sentido. Lo sabés bien, no tengo idea de quién sos, flaco.

-Basta. Laura viajó a Inglaterra con nosotros en el ’82. ¿Liverpool? ¿Te suena? Qué viaje increíble…

Laura interrumpió la historia con el pedido y les dejó la cuenta. “Qué tipo raro”, lo observó poniéndole azúcar con tranquilidad al café, uno, dos tres, cuatro sobrecitos. Todavía no sabía nada sobre él, ni siquiera se había tomado el tiempo de curiosear entre sus poros, en cada arruga de su piel. Una barba que calculó había crecido durante un mes, sandalias en los pies, el pelo anaranjado.

“Clara, vení. Está lloviendo naranja.” Se acordaba. Mirar por la ventana, ver el agua y las flores de las tipas licuándose contra la vía del tren. En esos años ansiaba que pasaran los segundos para estar sola en su casa, sacar las acuarelas que había comprado ahorrando centavo a centavo y pintar las imágenes que administraba en su mente para ese instante. La acuarela naranja se esparcía sobre la hoja. Mojaba el pincel y volvía al papel. “¿Para qué pintas? Si nadie más que vos puede ver tus pinturas, si a ninguno de los demás les interesa”.

-Clara, escuchame. Volvé a Buenos Aires, te lo pido. Estamos dando clases en el conservatorio.-le dijo él devolviéndola a la realidad.

-¿A Buenos Aires? Vivo acá desde que nací. Ahora que mis viejos se quedaron en Miami estamos en casa con Isa nomás, no la puedo dejar sola. Además, ¿qué se yo de música?- Se extrañó, le estaba hablando como si lo conociera, cómo si fuera su Clara.

-Dale, no te hagás la boluda. Cómo antes, cuanto tiempo más llevará. Sabés cantar.- Dijo él.

Y se largó a llover cómo esa tarde, sólo que ésta vez desde un cielo Blanco Parcialmente nublado, con Probabilidad De Lluvias y lloviznas, Vientos regulares del sector sur, con ráfagas. Se quedaron cómo si nada, hablando. Él le recordaba momentos imposibles, vidas paralelas en una casa de Acasusso sobre Alfaro, una infancia de veranos Gesellinos.

Miró su reloj plateado: las ocho menos cuarto. Se levantaron cuando él entendió la señal de que debían irse. La tarde había sido fría y una pareja fumaba en una mesa cercana. Ella se preguntó si el humo de los cigarrillos calentaba complementariamente su cuerpo, o si era solo por vicio, por intentar verse más atractivos, cómo Mariano, la última noche que recordaba haberlo visto sentados en el muelle sobre el Paraná. Retenía la imagen a la perfección. Su sonrisa grande, sentado con los pies pisando el suelo, un brazo apoyado en las rodillas y el otro sosteniendo un philip morris que se consumía, volviéndose humo gris. ¿Retenía la imagen a la perfección? ¿Había sido en Rosario?

Y logró encastrar las piezas. El viaje de egresados, escaparse para ver el recital de Serú Girán juntos, por pura rebeldía contra sus padres. Soltar dos barquitos de papel en año nuevo, río de La Plata adentro. La barra de amigos. Su melena rubia.

La noche con Mariano había sido en Buenos Aires, esa en la que se había caído al río. La escapada a Rosario, las operaciones, las ganas de olvidarse de todo. Por poco lo lograba.

-Bueno, vuelvo.-le dijo, y subieron al ascensor.

Antes de darle un beso que esperaba dentro suyo hacía treinta años, Mariano se reconoció pintado en el espejo. Ups, las pinceladas de Clara.

6.06.2010

Paulie Bleeker

(Noto la antigüedad de estas palabras, aunque sé que siguen vivas)
Creo pero no sé si tengo la realidad entre mis manos, cada vez que sonrío ante tu sonrisa me doy cuenta que tengo que seguir cruzando puentes para alcanzarte, estás sordo ciego y mudo respecto a mis adentros. ¿No te enteras? Tengo largas conversaciones planeadas, cerca de la laguna donde mueren las penas. Dejemos que brille este abrazo, queremos enterarnos de lo que no sabemos. Me duele, te tengo cerca de mis lluvias, para cuidarme de algo que producís. Mientras canto para vos, mientras quiero ser escuchada.
En las comisuras de tus labios hay un beso por dar, debajo de estrellas acarameladas, debajo de una noche de tintineos. En la confusión de la certeza, en la piel de nuestras manos. Se esconden sonidos, palabras, tiempo. Ese tiempo que nos sobra y nos falta. Dos años, ¿y después? No quiero caer por tus escaleras, resbalarme y perder. No quiero encontrarte lejos, mientras estás casi dentro mío.
A veces. A veces me voy. Quisiera saber quién me ocupa, qué me tiene acá pensándote. Prefiero cuidarme, prefiero reirme, prefiero escuchar, prefiero sentir, prefiero besar. Te prefiero mientras no me gusta que dejamos de ser incondicionales el uno del otro. Algunas cosas se terminan y otras quedan en nosotros para siempre. Ya sé que diríamos que no ante todo, ya sé; la espera. Conocemos nuestros límites, mientras no sabemos hasta donde llegar, no sabemos cuando vamos a dejar de perdernos en los laberintos de ésto.
La ilusión de una cinta que no se corta, la ilusión de sentarnos sobre el pasto húmedo, con caricias risueñas, con amigos a tu alrededor. Si el sol ya se fue... no tenemos nada que explicar. Como si el tiempo se terminara con nuestra fusión. Tan esperada, tan lejana, tan imposible. Dejemos el miedo a un lado, pensemos en el tiempo que queda.
Podría, tanto como no.

Mi colombina

Tanto fumar, y tanto reír, y tanto mirar tu boca. Como quisiera ser aire, del aire que te toca.

Tenía tantos colores en la pupila que me sentía preparada para verlo. Mirarlo.
Una tarde de febrero sobre Montevideo, empezaba a oscurecer y algunas lamparitas rodeaban el Velódromo: Azules, Amarillas y Rojas. Las luces, que se cruzaban con el agua que corría por la vereda, y mis ojos brillando de emoción, eran mi primer carnaval uruguayo.
El tablado abriría sus puertas durante esas calurosas noches para albergar risas de todo tipo: la de los que se ríen tímidamente y entre dientes, las risas internas, las risas abiertas, las insoportables, las graciosas, las comunes.
El carnaval es bien popular, no se anda con teatro Solís, butacas nuevas y tapizadas, aire acondicionado. Hay que ir a disfrutar del club de barrio, de las sillas de plástico y las comidas caseras, la familia. Entre el público podés ver extranjeros, estudiantes, familias, jubilados, trabajadores, chicos, bebés. El kiosquero al que le compraste cigarrillos hoy puede estar al lado de el dueño de los juegos del Parque Rodó. Quién sabe.
Saqué la entrada para ver de cerca

Maquillado, vi a un estudiante de derecho volverse el futuro murguista. Un disfraz a lunares negros y su sombrero de alto copete subió al escenario. Y tal vez, debajo, el traje gris que había usado esa tarde en su trabajo de pasantía. Le sonreí desde el pasto, me emocioné con la mirada sin que me notara. El tablado era el único iluminado, los puestos de comida estaban cerrando. Se iban mezclando en el aire brillante la brisa del mar y el olor a chivito con queso, a
Y las voces, y los ruidos, y los golpes del redoblante me sacudieron. Y su canto me crispó la piel. No pude evitar quedarme en silencio mientras el público comentaba, los criticaba, cómo si fuera algo terrible. Para mi era el espectacular espectáculo. Pensé en mi país. "Acá, para los uruguayos, la murga y el carnaval son una pasión tan fuerte como para los argentinos es el fútbol", me había dicho Santiago. Alguien que nunca vió un partido de fútbol no va a criticarlo, va a verlo con emoción, sin saber que puede tener fallas. ¿Qué es, en realidad, una pasión? ¿Estar embobado? ¿Amar algo por sobre todas las cosas sin saber por qué? ¿Para qué apasionarse con algo hasta el cansancio cuando hay tantas cosas nuevas por conocer?
Y quize que cada argentino se silenciara como yo y se sentara a escuchar a ésos críticos musicales, disfraces cantantes que hablaban de una realidad de un país con el nombre de un río. Era casi egoísta quedarme yo sola con esa novedad.

No surprises

Russian Red
Me miré al espejo, sabiendo con quién me iba a encontrar. Y lo ví, detrás de mi.
Dentro de una pecera, cantaba el hombre blanco. Palabras sin mucho sentido que combinaban con los golpes de la pandereta que a su lado vibraba, en la mano del mismo hombre, quebrando de a poco el vidrio de la pecera.
"Toque de queda sin melodías dulces de La Habana, sin tus ojos negros, sin tus manos acariciando mis entrañas para después salir a volar entre los pájaros de las nubes, esos que llaman la atención, esos violetas y rojos, los que se destacan sobre el cielo. Te quiero, pienso, pienso sin querer, porque una hamburguesa con queso es más revolventemente facilonga que tus pies sin dormir, con callos amarillos de tanto remar y remar, por los mares de mis labios, por las olas de mi humor. Y el olor del queso recién derretidooooooo. "
Su madre nos estaba por venir a visitar. ¿Qué carajo hacía yo viendo a alguien cantar en inglés por el espejo, sin hacer nada? Necesitaba sacar al hombre blanco de ahí, iba a inundar nuestra habitación. Nos iba a destruir la tarde, (una de esas en las que esperaba comer un poco de torta de queso, la deliciosa que hace mi suegra, y luego tomar un té, con la manzanilla reduciendo mis ganas de seguir con los ojos abiertos, para inflar mi estómago y acostarme en el sillón, mientras Mariano me tapa con una frazada de lana y su vieja se va de nuevo a su casa vacía). Resultó ser el cantante de Radiohead. Su vieja seguramente no entendía british, ibamos a quedar mal.
-Mariano, mirá. Hay que sacar a ese tipo de acá.
-¿Por que no te acostás, amor? Debés tener mucho sueño. Yo atiendo a mamá y en un rato te traigo cheese cake.
Cree que deliro.



6.03.2010

Álbum de fotos de los '70.

¿Qué es lo que viste en mi?
¿Qué es lo que te hizo abrir así?
Tus miedos, tus piernas, tu calendario,
Las siete puertas sagradas de tu santuario,
La extraña luz de tu cámara oscura,
El infranqueable cerrojo de tu armadura
-Drexler

Ojos color miel, tantas pecas cómo nadie las supo tener, una risa entre inolvidable y ridícula. Y la sonrisa tierna. Los querían una voz profunda, una mente infinita, dos manos grandes, de personalidad perfecta.
Conocidos por ahí, de los pasillos de la UBA de Arquitectura, de las arenas de la costa Atlántica, amigos en común. Una tarde de lluvia se resguardaron juntos bajo los árboles y surgió un beso. Dos pares de labios suaves, sincronizados, húmedos: acariciándose.
Resultó: Viajaron al Chaco junto a otros universitarios para ayudar a los habitantes con sus recientes conocimientos. Ese sentimiento de lucha, de querer la igualdad, de querer terminar con la dictadura por sus propios medios, para, cada noche, terminar juntos, con besos y sueños, en las bolsas de dormir. Ella le leía los textos de Eduardo Galeano en El libro de los Abrazos, él le contaba sus ideas, sus pensamientos. Imaginaban juntos, sacaban fotografías.
Unos años después viajaron a Europa, alquilaron una motor-home y recorrieron cada rincón, terminando de conocerse.

Cabellos iguales, diferentes colores. Unos ojos de mar, otros de almendra. Risas intercaladas, abrazos, caminatas en la oscuridad. Fotos, indie rock - grunge, lluvia, te amo.
Se dicen puras mentiras mientras saben que todo es verdad, hay algo entre ellos que queda en el aire. Algo dulce y mentolado, brillante, silencioso. Saben disfrutar de los silencios de sus caminatas, se detienen a cada rato para morderse, agarrarse las manos, soltarse. Reirse.
Todo empezó hace años, menos que la historia anterior: Secundaria. Casualidades de la vida los cruzaron y les demostraron que debían terminar así. Lloraron juntos infinidad de veces, se hicieron reir. Cada tarde de los domingos se veían para caminar por el bajo, filosofar sobre la vida. Varias cosas no les permitían el esperado beso, pero jamás les importó.
Una de esas tardes, lluviosa, seis horas y cuatro minutos. Con la mayor cercanía posible, en el límite de un beso, al borde del abrazo, el mar y las almendras se tocaron. Y las manos. Y las comisuras, y las bocas. Y llovió otra vez, cómo en 1978. Sólo que ahora, eran otros los labios, era otro el árbol. Era el mismo final.








No surprises, Radiohead (cover by Regina Spektor)

A heart that's full up like a landfill
A job that slowly kills you
Bruises that won't heal

You look so tired and unhappy
Bring down the government
They don't, they don't speak for us
I'll take a quiet life
A handshake of carbon monoxide

No alarms and no surprises
No alarms and no surprises
No alarms and no surprises
Silent, silent

This is my final fit, my final bellyache with

No alarms and no surprises
No alarms and no surprises
No alarms and no surprises please

Such a pretty house, such a pretty garden

No alarms and no surprises (let me out of here)
No alarms and no surprises (let me out of here)
No alarms and no surprises please (let me out of here)


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