Se llora lo que se llora, uno no elige de quién se enamora, ni elige qué cosas a uno lo hieren.
Se subió al trolebús, las monedas y su sonido diario: el boleto sale mágicamente. El Boulevard Oroño la llevaba al río Paraná, que se fusionaba con el sol en un mágico Amarillo. Llegó a destino justo a tiempo para ver al agua tragarse toda luz, para ver la última chispa dorada del día.
Se bajó en la costanera y se preparó para caminar las cuadras que faltaban. Balcarce, Moreno bis (Ahí se preguntó para qué, con la cantidad de próceres y ciudadanos que hubo en la historia de Argentina, repetían el nombre de una calle. Se le ocurrió proponer poner su propio nombre, pero se sintió el plagio de Miguelito y decidió no hacer nada), Dorrego bis, Italia bis (Bueno, tal vez podía pedirle prestada la idea, no era tan terrible), España (pasando por la Plazoleta Ahumada imaginó el origen de su nombre, la plaza quemándose, humo sobre el río), Presidente Roca, por fin. Cruzó la calle, pisó el pasto en vez de caminar por un pseudo sendero de baldosas y abrió la puerta del ascensor de Los Jardines de Hildegarda. En el menú del bar cuentan que Hildegarda era la hija de Guillermo Tell (gran influencia en la Independencia de Suiza). Tenía la puerta enrejada de los antiguos, esos en los que se podía ver las escaleras desde adentro, con terminaciones doradas, pintados de negro. El ascensor decidió bajar por su cuenta y ella sacó las témperas del bolsillo. Pintó con los dedos, llenó las paredes de colores. Por suerte, la luz funcionaba.
Usó mucho rojo. “Ahí tenés vieja, ROJO”, dijo en voz alta, casi sin darse cuenta. Su madre solo sabía pronunciar ese tono como colorado. Cómo si entendiera algo sobre colores más que de los que están en los vestidos, en las vidrieras. En el minuto y medio que tardó en bajar, llenó el ascensor de recuerdos en forma de témpera, (menos el espejo, donde había un viejo dibujo de un hombre) y se le revolvió todo con bronca. Una de esas broncas que te hace apretar fuerte los puños, te cristaliza los ojos y querés gritar cómo nunca. Esa bronca roja la puso en cuclillas y la hizo llorar durante once lágrimas, que cayeron sobre la goma gris del piso.
-¿Clara?
Un desconocido la miraba con pena a través de la puerta abierta.
Se secó los lagrimales y lo miró.
-No, te equivocaste de persona, flaco.
-¿Flaco? Ya estoy grande, Clarita.
-No te conozco.
-Tanto tiempo… ¿tomamos algo?
Ella salió del ascensor y se dio por vencida. El tipo no le generaba desconfianza, igualmente. Había unas pocas parejas repartidas adentro y afuera del bar, con los codos apoyados en las mesas decoradas con fotos, entradas de recitales y tapas de discos. No había luz, veía su cuerpo negro en la más pura oscuridad. El ventanal mostraba el río, que a su vez reflejaba el cielo. Imposible distinguir el límite entre uno y otro en esa negrura, si es que no habían intercambiado posiciones, de arriba abajo, de abajo arriba. ¿Cuál de las dos lunas se movía con la corriente?
Se sentaron en una de las mesas de afuera. Ella pidió cerveza y él un café amargo.
-Bien caliente, si puede ser.- pidió.
La moza lo miró desafiante con sus ojos delineados de azabache y él sonrió al ver el tatuaje que llevaba en el tobillo.
-Enseguida vengo.
“Va a la barra, y de una mesa a la otra, lleva bandejas con todo tipo de tragos y bebidas. Cada tanto se tambalea, pero siempre recobra el equilibrio. No va a volver.” Pensó. Él le contó la historia. Laura era una antigua novia con cinco hermanas que eran casi iguales a ella, y todas trabajaban en el mismo bar. La había reconocido por el tatuaje de una frutilla.
-¿Y por qué una frutilla?
-Strawberry Fields for Ever¸ Clarita. Me extraña.
-¿Debería saber eso, por algún motivo que, por cierto, todavía no entendí? Ésta conversación no tiene sentido. Lo sabés bien, no tengo idea de quién sos, flaco.
-Basta. Laura viajó a Inglaterra con nosotros en el ’82. ¿Liverpool? ¿Te suena? Qué viaje increíble…
Laura interrumpió la historia con el pedido y les dejó la cuenta. “Qué tipo raro”, lo observó poniéndole azúcar con tranquilidad al café, uno, dos tres, cuatro sobrecitos. Todavía no sabía nada sobre él, ni siquiera se había tomado el tiempo de curiosear entre sus poros, en cada arruga de su piel. Una barba que calculó había crecido durante un mes, sandalias en los pies, el pelo anaranjado.
“Clara, vení. Está lloviendo naranja.” Se acordaba. Mirar por la ventana, ver el agua y las flores de las tipas licuándose contra la vía del tren. En esos años ansiaba que pasaran los segundos para estar sola en su casa, sacar las acuarelas que había comprado ahorrando centavo a centavo y pintar las imágenes que administraba en su mente para ese instante. La acuarela naranja se esparcía sobre la hoja. Mojaba el pincel y volvía al papel. “¿Para qué pintas? Si nadie más que vos puede ver tus pinturas, si a ninguno de los demás les interesa”.
-Clara, escuchame. Volvé a Buenos Aires, te lo pido. Estamos dando clases en el conservatorio.-le dijo él devolviéndola a la realidad.
-¿A Buenos Aires? Vivo acá desde que nací. Ahora que mis viejos se quedaron en Miami estamos en casa con Isa nomás, no la puedo dejar sola. Además, ¿qué se yo de música?- Se extrañó, le estaba hablando como si lo conociera, cómo si fuera su Clara.
-Dale, no te hagás la boluda. Cómo antes, cuanto tiempo más llevará. Sabés cantar.- Dijo él.
Y se largó a llover cómo esa tarde, sólo que ésta vez desde un cielo Blanco Parcialmente nublado, con Probabilidad De Lluvias y lloviznas, Vientos regulares del sector sur, con ráfagas. Se quedaron cómo si nada, hablando. Él le recordaba momentos imposibles, vidas paralelas en una casa de Acasusso sobre Alfaro, una infancia de veranos Gesellinos.
Miró su reloj plateado: las ocho menos cuarto. Se levantaron cuando él entendió la señal de que debían irse. La tarde había sido fría y una pareja fumaba en una mesa cercana. Ella se preguntó si el humo de los cigarrillos calentaba complementariamente su cuerpo, o si era solo por vicio, por intentar verse más atractivos, cómo Mariano, la última noche que recordaba haberlo visto sentados en el muelle sobre el Paraná. Retenía la imagen a la perfección. Su sonrisa grande, sentado con los pies pisando el suelo, un brazo apoyado en las rodillas y el otro sosteniendo un philip morris que se consumía, volviéndose humo gris. ¿Retenía la imagen a la perfección? ¿Había sido en Rosario?
Y logró encastrar las piezas. El viaje de egresados, escaparse para ver el recital de Serú Girán juntos, por pura rebeldía contra sus padres. Soltar dos barquitos de papel en año nuevo, río de La Plata adentro. La barra de amigos. Su melena rubia.
La noche con Mariano había sido en Buenos Aires, esa en la que se había caído al río. La escapada a Rosario, las operaciones, las ganas de olvidarse de todo. Por poco lo lograba.
-Bueno, vuelvo.-le dijo, y subieron al ascensor.
Antes de darle un beso que esperaba dentro suyo hacía treinta años, Mariano se reconoció pintado en el espejo. Ups, las pinceladas de Clara.