Son esas cosas chicas que se van borrando con el tiempo, mi nombre sigue en mi mente mientras muchas cosas se fueron. Soy Anabela, hace dos a;os que tatué mis labios de rojo, hace uno que me caí de un quinto piso y hace doce que no veo a Mariano. Creo que es lo único que recuerdo del resto de mi vida a partir del accidente. No es que una caída haya repercutido tanto en el desarrollo de mi vida, pero logró borrar parte de ella. O puedo haber sido yo, a veces no quiero saber de que me voy a perder, así que me olvido de haberlo vivido.
Que sí dolió? Mucho. La aguja impregnando la tinta en mi piel era terrible. Un dolor que llegaba a ser placentero. El resultado fue satisfactorio, mis labios arden siempre al rojo vivo. Por qué lo hice? en realidad todavía no estoy muy segura. Tengo muchas preguntas que quiero responderme.
Mientras miro a la gente pasar, sentada en la terraza, a través de los barrotes color vino, descubro que hacen por la tarde. Unos compran pan, se pelean, se caen, se rien, hablan por teléfono. Ninguno se parece a mi recuerdo de Mariano. Tengo flashes, fotos cortadas, una imagen de un par de ojos oscuros y una risa grave. Su perfume cítrico, como a limón con miel, sus brazos llenos de grueso vello. Sus pesta;as larguísimas. No logro juntarlas.
Me paro despacito sobre los barrotes. Abajo, dos autos, una viejita caminando, las palomas, el ruido colectivesco, la grasa de las capitales no se banca más. Un pie al frente, al vacío. Vuelvo a apoyarlo, casi pierdo el equilibrio. Miro hacia el sol, creo, a ver, si me pongo en puntas de pie voy a poder... sí. Ver el río a lo lejos. Me doy vuelta con cuidado y las antenas se chocan con las chimeneas grises, cansadas, que tosen. La mayoría son chicas, nada que ver con las de Mary Poppins. Siempre quise hacer lo que hacía con los deshollinadores chin chi menea chin chi menea. Alguien se preocuparía por mi si me golpeara? Nadie vive conmigo, nadie me llama los domingos, nadie me trae el café con leche tempranito en la ma;ana. Nadie me dice qué bien te queda el pelo así. Nadie grita ANABELA por la calle cuando me ve en la terraza. Pateo el aire que no me va a sostener si me caigo. Y me caigo. Después de eso, nada más que un grito y mi silla de ruedas.
Mariano no estaba cuando me caí, ni cuando me tatué, Mariano me dejó en mi terraza ese día de hielo y frío para no volver. Y mis labios rojos quieren esperarlo. Y la silla de ruedas quiere que la lleven a pasear.