7.31.2010

Drama

Mientras caminan bajo la lluvia se miran, sus ojos misteriosos, se van de viaje. Van, patinando sin querer. Se resbalan entre el hielo, se derriten.
Son esas cosas chicas que se van borrando con el tiempo, mi nombre sigue en mi mente mientras muchas cosas se fueron. Soy Anabela, hace dos a;os que tatué mis labios de rojo, hace uno que me caí de un quinto piso y hace doce que no veo a Mariano. Creo que es lo único que recuerdo del resto de mi vida a partir del accidente. No es que una caída haya repercutido tanto en el desarrollo de mi vida, pero logró borrar parte de ella. O puedo haber sido yo, a veces no quiero saber de que me voy a perder, así que me olvido de haberlo vivido.
Que sí dolió? Mucho. La aguja impregnando la tinta en mi piel era terrible. Un dolor que llegaba a ser placentero. El resultado fue satisfactorio, mis labios arden siempre al rojo vivo. Por qué lo hice? en realidad todavía no estoy muy segura. Tengo muchas preguntas que quiero responderme.
Mientras miro a la gente pasar, sentada en la terraza, a través de los barrotes color vino, descubro que hacen por la tarde. Unos compran pan, se pelean, se caen, se rien, hablan por teléfono. Ninguno se parece a mi recuerdo de Mariano. Tengo flashes, fotos cortadas, una imagen de un par de ojos oscuros y una risa grave. Su perfume cítrico, como a limón con miel, sus brazos llenos de grueso vello. Sus pesta;as larguísimas. No logro juntarlas.
Me paro despacito sobre los barrotes. Abajo, dos autos, una viejita caminando, las palomas, el ruido colectivesco, la grasa de las capitales no se banca más. Un pie al frente, al vacío. Vuelvo a apoyarlo, casi pierdo el equilibrio. Miro hacia el sol, creo, a ver, si me pongo en puntas de pie voy a poder... sí. Ver el río a lo lejos. Me doy vuelta con cuidado y las antenas se chocan con las chimeneas grises, cansadas, que tosen. La mayoría son chicas, nada que ver con las de Mary Poppins. Siempre quise hacer lo que hacía con los deshollinadores chin chi menea chin chi menea. Alguien se preocuparía por mi si me golpeara? Nadie vive conmigo, nadie me llama los domingos, nadie me trae el café con leche tempranito en la ma;ana. Nadie me dice qué bien te queda el pelo así. Nadie grita ANABELA por la calle cuando me ve en la terraza. Pateo el aire que no me va a sostener si me caigo. Y me caigo. Después de eso, nada más que un grito y mi silla de ruedas.
Mariano no estaba cuando me caí, ni cuando me tatué, Mariano me dejó en mi terraza ese día de hielo y frío para no volver. Y mis labios rojos quieren esperarlo. Y la silla de ruedas quiere que la lleven a pasear.

7.21.2010

No pienses de más

Querida, me gustaría que te enteraras de los hechos que atormentan mi existencia. Mi sistema digestivo parece tener una extrema sensibilidad.
Hoy, al salir de tu casa, tuve el honor de cruzármelos. Juntos, de la mano, como te imaginarás. Quise saludarlos y mis labios no transmitían sílaba alguna. Al instante, el lado derecho parecía hincharse, al igual que mi rostro, progresivamente. Era como no tener esa parte de mi cuerpo. Me miraron sin querer, dieron vuelta sus ojos y se quedaron serios, mientras seguían caminando. No es por generarle celos a tu debil cuerpecito, anhelada Clara, pero creo que ella me extraña. Su boca me lo dijo, cuando apretó los labios con un suave desdén que, realmente, era deseo.
Creo que tus manos y las mías están dispuestas de tal forma que las teclas blancas y negras pueden formar el sonido. El mismo que se escuchaba en el Colón, en el Guetto de Varsovia. Que tus dedos entre los míos pueden hablar en un idioma silencioso, conocido. Y cuando tus yemas acariciaron mi blando cuello, como buscando el sonido de mis teclas, aparecieron las cosquillas en el lugar menos esperado, bien dentro de mis entrañas. Y la risa le dejó su lugar a mi sonrisa amplia.
A veces parece que escucharas mi mente, Clara, ¿qué es eso de saber qué quiero cuando jamás lo dije? Mi estómago sufrió el hormigueo nuevamente cuando lo imaginado se hizo real, y acomodaste mi mano de tal forma que pude poner algo de tu pelo detrás de tus orejas. Fue el mismo movimiento que había retenido en mi mente desde la tarde, esa idea, esas ganas. Tus poderes sobrepasan mi realidad.
Y ahora podrías explicarme, Clara, ¿cuánto tiempo puede esperar una mísera canción a ser escuchada? Aunque el tiempo pase, cuando entra por nuestros oídos, la canción te eriza la espalda o una sensación tibia aparece en tu esófago. Si te regalo un single por el tiempo que dure la negrura, ¿cantarías? ¿Susurrarías las palabras, modulando con tus labios? Podría dormirme, entibiado, sobre tu pecho. Y en veinte años, cuando la escuches, el frío en tu espalda te va a sorprender.
Por último quiero contarte que antes de poder verte, ay Clara, mi garganta sufrió de fuertes nudos, imposibles de desatar. Uno de ellos hablaba de tus ojos, el otro de tu ausencia. Este, que todavía no se va, quiere demostrarte mis dudas. Ya no sé que quiero, porque algo dentro mío decide lo que mi cuerpo hará.
Este viaje va a servirnos para olvidar y limpiar los restos de ceniza dentro de nuestra mente. Clara mía, puede que te extrañe.

7.04.2010

El art según Albert

En blanco y negro, la piel lisa, ojos enormes, pómulos de Buster Keaton. Se mueve torpemente, mira entre los rincones de un barco que se menea con el ritmo de la marea y las sillas sobre la cubierta van de un lado al otro. Resisten viento y marea. De fondo, el piano.
Felisberto Hernández toca ese piano para las imágenes mudas. Dándole otra vuelta al arte cinematográfico, deja que sus dedos golpeen con emoción cada tecla, salteándose notas, robando melodías. Le han dicho más de una vez que su talento es envidiado, al igual que lo serán muchos otros artistas a través de la historia.
No me incluyo en esos envidiosos. Creo que los artistas son puro egoísmo, que quienes los envidian están cubiertos de cholulaje. Aprendí que el arte es la mirada y la vida de su autor mismo. Verla, analizarla, es querer leer en las obras sus vivencias. La gente se interesa en el desmenuzar de las anécdotas, quieren encontrar situaciones en las que el autor estuvo presente. Quieren encontrar en las obras los deseos y miedos del artista.
Sin embargo, los administradores y oficinistas saben lo que es trabajar. Crean las historias cotidianas sobre las que los artistas trabajan.
¡Qué generosidad la suya!
Los escritores, sin embargo, roban pedazos de éstas generosas vidas para crear historias impregnadas en papel que, finalmente, ¿para qué sirven? Para que disimuladas mujeres compren sus libros en lugar de la revista "Chismes". Y quiero aclarar que mi suegro trabaja en su dirección y no tengo nada en contra de la lectura de la revista. Aunque sé sobre el desprecio que produce, especialmente en los intelectuales que suelen creer que ese no es el nivel de literatura apropiado.
¿Qué puede ser más sincero y concreto?
Fotos románticas, el posible embarazo de la actriz de la novela del momento (que, si se me permite decirlo, es cada año la misma atrapante historia) y la operación de senos de alguna vedette.
Antes de querer saber sobre una vida depresiva, repleta de drogas y alcohol (cual típico artista) ¿por qué no ir al grano, interesándose en historias con la gente que vemos cada noche en la TV?
Es hora de reducir la hipocresía, de dejar de usarnos como musas para su trabajo. Y que el arte sea lo que deba ser.
Por eso, queridos, estimado, envidiosos (y envidiados) artistas: RENUNCIEN.
Robar es un delito en ésta sociedad, no querrán ir presos, señores.
Les recomiendo que averigüen, anduvieron diciendo que la secretaria renunció para convertirse en pintora. Parece haber un gran número de casos perdidos.

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