10.04.2011

Quizás un sueño.

Una plaza de cemento para patinadores está realmente al aire libre, pero refugia a los visitantes con un techo que todavía no noté. Llegué allí en un viaje. Yo acababa de terminar la carrera de arquitectura con veintiséis años (aunque por mi altura aparentaba seguir en la adolescencia) y buscaba espacios desconocidos, quería conocer algo que en Buenos Aires no encontraba. Los chicos, vestidos con zapatillas como naves y buzos gastados, me miraban con la curiosidad infinita de quién jamás vió a una mujer en su vida. Llevaban crestas en el cabello, que sacudían después de cada pirueta con las dos manos. Rasgaban el cemento en cada salto, le sacaban chispas con cada caída. Recuerdo que me impresionó el uso que se le podía llegar a dar a unos bancos circulares en un espacio público, lo importante que resultaban las plazas para algunos miembros de la sociedad.

Cuando ya me habían intimidado lo suficiente, decidí moverme. Más lejos, había unos asientos de cemento que no estaban usando, y me quedé ahí para poder seguir observando. Mis jeans me permitían sentarme tranquila, y, aunque hacía un poco de frío, estaba bastante cómoda.

-¡Ey! ¡Amalia!

Un grupo de chicas se acomodaron rápidamente a mi lado, formando puentes con su cuerpo, amontonándose una arriba de la otra como una pirámide. Recibí una patada bastante fuerte de Amalia que, en un descuido, buscando a quién la llamaba, no notó mi presencia. Cuando la última parte de la pirámide estuvo lista, se fueron bajando de a una, entre revolcones. Muchachas de expresión seria, vestidas con ropa elástica de colores, se alejaban y saltaban las unas sobre las otras, como los pedazos de chicle que se juntaban y se estiraban en sus bocas.

-Disculpame, ¿te lastimé?- me preguntó Amalia.

-No, estoy bien.- tartamudeé. Me sorprendió al separarse del grupo. Era individual también. Tenía su propia voz.

Me sonrió y volvió a su posición, mientras me invitaba a subir.

-¿Querés probar?

Negué con la cabeza. Mi falta de fuerza y elongación me habían obligado a renunciar al deporte varios años atrás.

-¡Dale!- Ahora no era solo ella, todo el grupo me alentaba a hacer el ridículo.

Me levanté para acercarme, pero antes de poder apoyar un pie en el banco, otro skater se cruzó por debajo de mi pierna haciendo que saltara una gelatina gris que había crecido entre el banco y el suelo. La gelatina se pegó a mi cuerpo y luego se derritió en el piso.

Una de ellas me dio la mano y me ayudó a subir a la pirámide. Yo iría al tope. Pisé una cabeza pelirroja, un par de hombros, espaldas, lastimé una rodilla desnuda y llegué a descubrir el techo. Nunca nada antes me había impresionado tanto. Era inmenso, se hundía hacia arriba y parecía haber sido pintado por algún artista del Renacimiento. Unos ángeles acariciaban las manos de mujeres semidesnudas, otros parecían bailar y les faltaban los ojos. Estaba muy bien resguardado, algo poco esperable para un lugar así, donde cualquier noche de vandalismo los ángeles comenzarían a usar anteojos y las mujeres tendrían bigotes o un miembro flotante sobre sus labios.

Cuando creí que ya iba a poder bajar, un impulso me hizo pararme y saltar, y una nueva chica se agarró de mí para bajar. No entendía de dónde había salido. Cada vez aparecían más y más, y el lugar se expandía y las chicas y las patinetas se multiplicaban. Todo se llenaba de pies, manos, cabezas.

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