11.23.2010

El genocidio del arte

Creo que en tres carillas logré un lirismo de investigación, entre recortes de otros y mis palabras, aprendiendo a citar. Convirtiendo la falta de palabras en un espacio que no es suficiente. Buscando decir lo que no dijeron las bibliografías, los entrevistados. Y ésto fue lo que faltó.

"Un libro no se rompe a menos que su propietario quiera hacerlo, arranque las páginas, las prenda fuego. Durante los años de la última dictadura militar argentina, mucha gente quemó sus libros en el inodoro, en las bañeras, enterró colecciones en el fondo de sus casas. Se habían vuelto notoriamente peligrosos. Entre ellos y la propia vida, la gente elegía, convertida en su propio verdugo.
Libros que habían sido largamente estudiados, discutidos, libros que habían despertado pasiones, compromisos irrenunciables y distanciado a viejos amigos, subían al cielo convertidos en cenizas de carbón que se disipaban en el aire.
Yo no me atreví. Enrollaba revistas y las introducía dentro del tubo de la cortina del baño, escondía los libros más temibles en el último rincón de los armarios, en la hilera posterior de la biblioteca, a conciencia de que un sorpresivo allanamiento los descubriría.
Entonces, los libros acusaron a mucha gente. Les rompieron la vida."
Carlos María Dominguez; La casa de papel, editorial Punto de Lectura; Uruguay; octubre 2007.
Lo recuperé hace poco, y, con él, su mancha veraniega de agua de mate.

Mañana me despierto y estas ahí.

vos. vos y las hojas caen. vos. nube de mas alla. vos. obnubilante. desde el silencio sos viento de molino surcando armonia. dos copas de cristal, dos que se conocen mas. dos. son más que antes. viejos amantes. que quieren ver las luces sembradas por abuelas. quiero besar tu mirada antes que cierres los ojos. quiero besarte dormida y despertarme en tu boca. vos. vos y las hojas caen. vos. entre los dias mas. dos. lejos del miedo. encantadora. sos viento de los mares. mojando melodias. quiero besar tu mirada antes que cierres los ojos. quiero besarte dormida. y despertarme en tu boca. vos.
me hice cargo de tu luz

Primera parte.

Una línea atraviesa la imagen de la pantalla. Deforma la cara de la rubia que explica cómo su crema "green lifting" va a cuidarme de los efectos del sol en la piel y a salvar mi vida.

Bajo el volumen, me levanto de la silla y llevo el plato hasta la cocina, donde tiro lo que dejé. Sigo hasta el baño para mirarme en el espejo. De fondo, escucho a la rubia torturarme "cada vez que tomamos sol los rayos UV nos manchan la piel, y los dermatólogos dicen que esto es malo para nosotras, chicas". Ahí me descubro una nueva arruga en el entrecejo y algunas manchas en la frente. Sin contar los nuevos milímetros que ganó mi papada estos últimos días. "Greenlifting está disponible a sólo trescientos dólares el pote y va a resolvernos todos esos problemitas que llegan con la edad. Es una oferta que no nos podemos perder, chicas. ¡Empiecen a llamar!"
Definitivamente la rubia no entiende ni medio de lo que habla.

Salgo del baño hasta el teléfono que está enchufado al lado de la televisión y marco el número en pantalla. Mientras el tubo da tono, la rubia se ríe de mis arrugas desde la pantalla.

-Canal Mujeres, ¿en qué puedo ayudarla?

-Qué tal, quisiera...

-El greenlifting está US$ 300 el pote, se lo entregamos en su casa con un adicional del cuarenta y cinco porciento, si quisiera decirme su dirección por favor.

-En realidad quería hacerle una pregunta a la invitada

La chica me deja esperando en la línea con una música de fondo insoportable que de vez en cuando dice con voz de trava "Canal Mujeres, tu canal".

-Dolores, ¡parece que hay un llamado para vos! Estás al aire diosa, ¿quién habla?

-Me llamo Sofía. Ya sé que posiblemente tengas tanta guita que ya no sepas que hacer, y que no te importa lo que te pueda decir una piba cualquiera. Pero no estás haciendo ningún bien a las mujeres. En vez de comprarnos, nos hacés mierda el autoestima. Por qué mejor no lo dejás vender a tu marido, si se nota a la legua que tenes cirujías que nunca necesitaste. Te vendieron un curro igual al que me querés vender vos. Te lo pido, si vuelvo a poner este canal no te quiero volver a ver.

Los labios de la rubia se quedan sin palabras y corto el llamado. Me arrepiento al segundo, pero mis instintos feministas son más fuertes, lo hecho, hecho está. Nunca en mi vida la voy a volver a ver.

La culpa me dura poco y me olvido del tema porque Andre está entrando al departamento. Es mi hermana, trabaja de profesora de lengua y sociales en quinto grado de un colegio del Bajo. Se llama Saint algo, prestigioso, bilingue y religioso. Todo lo contrario a ella. Eso me produce mucha admiración hacia Andrea. Cada vez que llega a casa con su delantal azul y rojo se muere de hambre, así que la espero con la cena hecha, y ella me charla, y me cuenta lo que le dijeron los chicos en el colegio, que los chicos no están perdidos, que cada vez saben más de historia, de política, literatura, que pueden ir más allá de lo que les impone la sociedad y su familia saint. Simi hermana come milanesa de soja con ensalada es porque está de buen humor. Si me saca de mi pastel de papa, viene de lo de Germán. Ahí se olvida del gimnasio, del verano y del kilo y medio de más, y la veo llorar, mientras rasquetea la fuente con el tenedor. Me gusta verla así, porque se ablanda. Vemos películas y puteamos a los personajes. Nos entendemos, aunque nunca le dije que mi novio fue el que me dejó a mi y por eso estoy sin departamento. Supongo que así es mejor.

Hoy parece que fue a lo de Germán, pero la saludo y sus ojos no se detienen a mirarme. Se encierra directo en su habitación. Al rato me grita

-Si no conseguís laburo en una semana te vas a vivir con mamá.

Mi querida madre tiene alzheimer hace varios años y cabe la posibilidad de que alguna noche, llegando a casa, me eche a escobazos por no reconocerme. Un drama que prefiero evitarme.
Espero, escuchando como su respiración se agiliza en el silencio que quedó sin Canal Mujeres. No parece arrepentirse.

Me despierto cuando Andrea se va y disfruto de estar un rato más sin pensar en la plata. Mi pijama de verano consiste en una remera apolillada que le saqué a mi hermano y unos shortcitos de deporte, y me quedo así tomando mates en el balcón con el solcito de la mañana. Estar así vestida me libera, siento que respiro mejor. El balcón del departamento da a Alvear y voy viendo a las viejas comprar el pan en la Nueva Colón y la leche en Raffa. Algunos se juntan a desayunar en el café en frente. La gente está tranquila a la mañana, parece no sentir el olor de las tipas que todavía no florecen, un olor pegajoso como el agua que expulsan, como si sus flores se hubieran podrido antes de salir. Pasa un tipo en bicicleta y parece reírse de cómo estoy vestida. Me mira demasiado hasta que me doy cuenta de que tal vez es porque no tengo puesto corpiño. En eso, suena el teléfono y corro a atender.

-¿Hola?

-Buenos días, ¿estaría disponible la señorita Andrea Palacios?

-Ella está trabajando, ¿quiere dejarle un mensaje?

-Bueno, mire, una alumna suya se enfermó y no pudo ir al colegio. Quisiera saber si le habían avisado que tenia que traerle la tarea.

-¿Usted es su madre?

-No. Soy empleada de los Galarza.

-Ah, bueno señora, ella la dejó acá. Si quiere, puedo llevarlos.

-Muchas gracias.

Me olvidé de llevarlo, Andrea me lo pidió hace dos días. Ahora entiendo su enojo de anoche.

El sobre dice Eduardo Madero y Emilio Mitre. Nunca me acerqué demasiado a esa zona residencial, no conozco a nadie que viva ahí, y me dijeron que los caminos al bajo están cerrados, a excepción de Pueyrredón. Creo que antes había uno empinadísimo, con el estatua de un águila. Parecía un lugar medio místico la vez que pasé por ahí. Era de noche y estaba con unos amigos alemanes, veníamos de tomar algo en el río y no encontrábamos otro lugar por donde subir. Nos metimos por ahí.

La cuestión es que voy. A medida que me acerco a Libertador, más impresionantes son las casas. Portones enormes, paredes blancas e impecables. Una de las únicas que chorrea mal gusto, tiene rejas negras y doradas, estatuas de duendes de madera en el frente, y paredes de un mármol entre marrón y bordó. Los árboles y el tacho de la vereda, encarcelados con las mismas rejas brillantes. Me impresiona cómo malgastan la plata.

En Libertador, doblo a la izquierda hasta Emilio Mitre, donde sigo bajando para el lado del río. En una esquina, se me cruza un tipo en bicicleta.

-Veintidós años, 54 kilos, calzás 38. No estoy seguro de la edad. Podrían ser veinte. ¿Me equivoco?

Me sobresalto y él se ríe. Es canoso y tiene un bolso hecho de goma de auto, donde veo un par de bordados y lentejuelas de colores. Está vestido de una forma extraña, no llega a estar rotoso pero tampoco pensaría que vive por acá. Le veo un pedazo de tela blanca y sucia atada a la muñeca y me vuelve a preguntar.

-¿Me equivoco?

Después de pensarlo unos segundos, le respondo. En realidad, si no le hablo me va a seguir insistiendo y puede ser peor. Además, me da demasiada curiosidad cómo es que dio en el clavo.

-No, no te equivocás. Igualmente, te aviso que no me peso hace meses. El peso no se si lo acertaste.

-Bueno, che. Después pesate y vas a ver cómo tengo razón. Mucho gusto, mi nombre es Hugo. Disculpame por irrumpir de ésta manera, pero no tengo otra forma de vender mi producto. ¿Te molesta si te acompaño? ¿Vas a tu casa? ¿Sos de la zona?

-En realidad voy a entregar algo por acá. ¿Qué vendés, Hugo?

-Ah, es un secreto.

Ahí me mira y se ríe de nuevo. Sabe que me estoy muriendo por saber todo. Mientras me cuenta donde vive, a quién conoce de por acá y cuales son las casas que mejor le compran, empiezo a dudar que sea un vendedor ambulante. Perdida en su relato, empiezo a prestarle atención. Me habla de las hijas de los propietarios de éstas casas.

-Esas chicas. Las lacias, altas. No hay que ser prejuicioso, ¿no?, pero yo, que las conozco, sé cómo son. Son mis clientas. Se ríen, porque siempre están entre amigas, y necesitan olvidarse de lo demás. Se visten con ropa tal o cual. Vos sabés a cuales me refiero. Seguro vos pensás que están vacías, que no sienten, que les faltan problemas. Estás enteramente equivocada, ¿sabés? Cuando cantan la música de boliche a los gritos lo hacen por un pibe que les hizo mal, por el llanto escondido detrás del revoleo de polleras. Sienten envidia, compiten constantemente. Imaginate intentar ser siempre mejor que los demás, pero queriendo encajar, ser igual a todos. Difícil, ¿no? Imaginate que tu mamá, en vez de invitarte a almorzar a su casa, te diga que se va al gym, que se compró tu mismo vestido y que más tarde tiene una lipo. Su vida no es como creés.

Cuando me encuentro con el portón que no me deja seguir caminando, lo miro de nuevo y me doy cuenta. Es el tipo que se rió de mí a la mañana.

-Puede ser que tengas razón. Yo realmente no las conozco.

-Me imagino, no te vestís como ellas, y por lo que veo no vivís por acá.

-No, vine a traer algo a ésta casa. Llegamos. ¿Me vas a decir qué vendés?-le insisto, antes de despedirme.

-Ropa interior vintage. Tengo bodies blancos con broderie, corpiños de los años cuarenta, hay de todo. Tomá mi tarjeta, tengo muchas cosas de tu talle.

Me ruborizo y se va, sin darme tiempo a responderle. Cuando me doy vuelta, veo el portón negro que tengo en frente. Lo que puedo ver de la casa de esta chica es un jardín que ocupa casi toda la cuadra. Intento recorrer el lugar con la mirada. Delante mío hay una calle que sigue hasta el fondo, hasta otro jardín lleno de árboles y un tobogán. El asfaltado parece ramificarse más adelante, cómo si en el terreno hubiera un barrio entero. Al costado, vep una construcción del tamaño de nuestro living con un señor sentado adelante. Me mira, curioso, y se me acerca.

-¿Busca a alguien?

-Vengo a entregarle a una chica su tarea. No me dijeron qué casa es, el sobre decía Madero y Mitre.

-Ésta es la casa. Me avisaron que Manuela está enferma, y que usted vendría. Muchas gracias.

-Disculpe, estoy confundida. ¿Esto no es un barrio cerrado?

-No, no, la casa está más al fondo. Las distintas calles llevan a la cancha de tenis, a la pileta, al jardín, etc.

-Ah. Bueno, muchas gracias. Acá le dejo el sobre.



11.14.2010

Sed

Otra antiguedad

La sed.

Ruido burbujeante, como cuando te escucho hacer gárgaras, en tu extremo cuidado por la limpieza de tu (aliento) dentadura. La soda que va llenando el vaso llama más mi atención que tu historia.

A nadie más le importa que el vaso sea verde como las botellas de vino, como las retornables de gaseosa que me daban en La Giralda.

Excepto por la importancia del verde de sus ojos. Camina en soledad, ansioso. Su Buenos Aires Querido en una tarde lluviosa le dificulta a Román encontrar la parada de colectivo. Necesita líquido bajando por su garganta, pero no llega. Y, de paso, quiere invitarla a tomar sopa de cebollas a su casa, haciéndose desear, mostrandole su modo francés, su acento gallego, sus formas. Pero si llega tarde, la sed no se va y ella sí.

Me vas contando la historia del gallego Román y me parece conocerla. A punto de hacerte un comentario, cierro mi boca, apoyo mis labios (con rouge Penelope’s red) en el vaso, y me trago las palabras. El burbujeo continúa por mi garganta y agita las palabras que quieren salir.

Román no cree aguantar, no llega, no llega. Ella quiere compartir. Él no sabe sobre convivencia. Solo aprendió a mostrar sus ojos verdes, escribir sobre girasoles, dormir en el altillo. Sabe dormir, soñarse en escenarios, llegar a la parte más incendiada de nuestro universo. Sintiéndose un fósforo quemado que tiene experiencia, talento, pero que le falta materia gris. Gris, como su Buenos Aires Querido. Verde, como la botella que compraría si tuviera a San Martin en un papelito de colores. Quiere verla, embriagarse de su situación, amarla cómo solo él sabe. Sabiendo que ella no lo dice, pero lo siente.

Espero que la historia termine pronto. No te soportaría mucho tiempo hablándome sobre los días con mi español y sus verdes ojos. No puedo aguantarlo, las burbujas están por acabarse, y mi sed crece.

Extiende el brazo, el colectivero parece buen hombre. La tarifa ha aumentado terriblemente, y las mujeres lo comentan ya que en su vida no hay peor catástrofe que gastar cuarenta centavos más cada día. Consigue un asiento roto y una mujer quiere hacerle creer que está embarazada mientras sus ojos arden de odio. Y, por fin, la lluvia cae. Y, por suerte, logra escuchar el sonido del timbre. La suela de sus zapatos le anuncia que está en las baldosas amarillas de San Isidro. Abre la boca, mira hacia el cielo y la sed…

La sed ya no existe en estos pagos. Te dejo continuar con tu final, explicándome que ella le toma la mano y le besa la mejilla (él es alto), cumpliendo tu sueño.

Y no sabés que la que le quitó la sed a ese extraño fue la lluvia, ni que Román es un nombre invertido para que creas que no fue un episodio sobre un banco en el patio de un edificio. Deberías saber que yo soy la del Buenos Aires Gris y Querido, que fui la dueña de los ojos verdes. Pero te dolería demasiado.

Su sed.

Guillermina me mira mientras comienzo a contarle una historia. Quiero explicarle la manera en que la gente puede ser, decirle cuánto anhelo un beso bajo la lluvia. Ella se sirve soda en el vaso color oliva y me escucha, relajadamente.

“Román era alto. Caminaba por la 9 de julio buscando una parada de colectivo que lo regresara a ella lo más rápido posible, ya que hacía rato sentía el frío que siempre levantaba pequeños médanos en su piel… “piel de gallina”. Y necesitaba saciar su sed.”

Escucho al gas del vaso de Guillermina quejarse. Me mira con intriga.

“Había nacido en Madrid, en el año ’91, pero su madre, una parisina aficionada de la cocina lo hizo amar Francia. Al intentar hablar en castellano, cambiaba las eses y ces por zetas y le daba un tono francés a las palabras. Se mudó a la Argentina al cumplir los dieciocho años y enamoró a una mujer con el recetario de su madre.”

Sus labios beben tranquilos, mi sed crece. Guillermina sabe lo que quiero decirle, estoy seguro, pero no se arriesga a hacer comentario alguno. Siento, de a poco, como mi garganta se va secando mientras cuento. Y sé que la lluvia de Román está lejos de mi boca, y que el labial de Guillermina manchará mis labios más tarde.

“Era la primera vez que le cantaba a alguien sobre una taza de café, sobre los girasoles donde duerme la gente. La primera vez que podía mirar unos ojos y ver más que el verde de los suyos. El problema era su música, los cambios que estaban haciendo su mente y su vida. Quería verla de cualquier modo.”

“Cuando el colectivo se detuvo en la parada, subió y se sentó mientras el ruido que hacía su billetera vacía lo aturdía. Se calzó los auriculares que agujereaban el cuello de su pullover: Dos saltos en una semana, apuesto que crees que es muy inteligente, ¿no? Volando en tu motocicleta, mirando el suelo debajo tuyo caer. Te matarías por un poco de reconocimiento. Te matarías con tal de nunca parar. Rompiste otro espejo, te estás convirtiendo en algo que no sos. Intentando no molestar a nadie, se quedó callado mientras miraba por la ventanilla. Se levantó, aprovechando que un hombre de unos ciento sesenta centímetros ya había tocado el timbre y bajó del colectivo. La necesidad de que un líquido corriera por su garganta lo hizo mirar al cielo, y, cuando la lluvia empezó a caer, llegó ella. Debajo de una enredadera permeable, Román dejó su sed a un lado y le regaló la noche.”

“Siempre igual, ¿no?” me dice Guillermina, “episodios felices”. Me acaricia la cabeza, besa mi frente y se va, con una mirada entre gris y confundida. Estoy seguro, ésta noche no llueve.

11.11.2010

Por tu libertad

Un texto que ya tiene dos años y algo.

Leopoldo Indagación era un hombre entre negro y gris. Todos los días se levantaba a las seis y treinta y cinco de la mañana. Se duchaba, se vestía de traje y corbata almidonados y se iba directo a desayunar. El café negro siempre listo, hirviendo. Lo bebía, a pesar de quemarse la lengua en el apuro, tomaba el portafolio, las llaves y saludaba a su esposa. Luego caminaba cuatro cuadras hasta la parada del sesenta y tomaba el colectivo. Durante el viaje, que duraba media hora, usualmente se quejaba mentalmente de los malos olores del transporte público, las parejas sonrientes a la madrugada, las jóvenes paradas en el pasillo, moviendo sus cabezas al compás del ruido de su discman. En la oficina, trabajaba hasta las diecinueve junto a otros hombres grises y/o negros (a veces, uno que otro desencajaba con un tono marrón, pero ese es otro problema) y regresaba de nuevo a su casa. La rutina de una vida.

Su mujer, Inés Cecilia Serrano de Indagación, se levantaba unos minutos antes que Leopoldo para preparar el café y volvía a la cama en su camisón floreado. Ama de casa desde el casamiento, jamás había logrado terminar la carrera de Bellas Artes. Cada día su angustia aumentaba, al darse cuenta que su esposo ya no era el mismo de antes. Su antigua sonrisa era ahora un gesto de amargura.

Su hija, Magdalena Indagación, estaba casada con un médico y vivía por Núñez, cerca de sus padres en un departamento recién equipado, lleno de imitaciones de Jackson Pollock. Hacía dos años que estaba en matrimonio y tenía la idea de adoptar un hijo, pero su padre no lo admitía. Decía que el chico tendría conflictos, que no sería un niño normal. Además, Magdalena debería dejar de trabajar, y sus padres no habían pagado catorce años de estudios para que ella se convirtiera en una desempleada mediocre. No dejaba lugar a discusión, y con la simple mención de la palabra adopción, el rostro de Leopoldo se agriaba. Sin embargo, su mujer Inés creía que con un nieto Leopoldo lograría abrirse a un mundo que se había convertido ajeno a su vida hacía muchos años.

Magdalena sufría porque sentía que su padre no la dejaba vivir, Inés porque su esposo ya no era el de antes y porque su hija sufría. Y Leopoldo no sufría. Era gris pero no para tanto.

Aunque, periódicamente, cuando Indagación volvía en colectivo, pasaba por la casa de Dolores, que tenía el jardín más bello y aromático del barrio: Allí se ablandaba como manteca por el perfume de las flores. Esos colores esfumaban su corazón y convertían a Leopoldo en un ser volador. A dos casas estaba “C’est la vie”, el local de un Bohemio paraguayo que compraba y vendía Discos de Vinilo en cualquier idioma. Las melodías se introducían en los oídos de Leopoldo, dispuestas a no salir nunca más. La heladería de Fito, famosa, donde los chicos tomaban helado y se relamían por los refrescantes sabores. Ahí al lado, un grupo de gatos peludos se había instalado y provocaba sofocante ternura a cualquiera que pasara caminando. Así, Leopoldo ya se quitaba el sombrero, se desajustaba un poco la corbata, abría el primer botón de su camisa y dejaba que un poquito de la próxima primavera le entrara en el cuerpo. El calorcito que sentía al caminar por esa cuadra finalizaba cuando cruzaba las vías y veía las campanillas secas del terraplén del tren. Llegaba a su casa y, dejando el sombrero y el portafolio en una silla, comprimía todos los colores que habían entrado en su cuerpo y se desteñía la mente. Ajustaba su corbata y se ponía a trabajar en unos papeles que había dejado esa mañana sobre su escritorio.

Una vida aburrida, decían por el barrio. Una vida muy normal, diría yo. Habría que hacer una campaña contra la rutina...

Decía que él era un hombre gris. Respiraba un aire infinito y oxidado. Sin perfumes, sin metáforas. No soñaba con ser un pájaro. Ni con volar. No se dejaba llevar pensando en cómo sería el mundo. No reía. No lloraba. Serio. Completamente. No escuchaba música. Solo, a veces, el sonido de las teclas de la máquina escribir. Sin sonrisas, sin ropajes de colores. Ningún exceso, excepto el exceso de trabajo, tal vez. Exceso de silencio. Exceso de seriedad. Exceso de gris.

Pero esto no fue siempre así. De joven, había sido un muchacho que quería cambiar el mundo, encantador. Era amoroso, cordial. Tocaba la guitarra, sonreía y cantaba canciones de protesta, canciones que no solo eran canciones: eran poesía musical. “Correrás al fin con frenesí… por tu libertad. Pero ni bien una lágrima caiga, mil estrellas juzgarán que es en vano”

Bailaba con alegría. Escribía libros tratando de hacer pensar. Su madre le contagiaba esa fuerza. La señora Amelia de Indagación era una mujer risueña, que cocinaba dejando deliciosos aromas y tibios sabores en el ambiente. Pero la hicieron desaparecer. Y dejaron que su hijo cambiara sin ella poder hacer nada. Así, sin más, desaparecer. Leopoldo nunca quiso imaginar cuánto debió haber sufrido Amelia. Lo borró de su mente como suele hacer cada mañana con el corrector de la máquina. Dejó que la memoria muriera sin atreverse a luchar.

La que estuvo siempre fué Inés. Disfrutó a Leopoldo en sus buenos tiempos, lo miraba realmente hechizada. Siempre lo amó, siempre. Y, un 24 de marzo de 1976, Isabel Perón (presidenta), fue detenida y sacada del gobierno. La armada argentina tomó el gobierno, provocando fugas, muertes y penas en un tiempo fuerte, de ideas revolucionarias, las cuales no podían ser llevadas a cabo de otra manera que no fuera a escondidas. Querían sacar todo rastro de pensamientos subversivos, quitando identidades, torturando. Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después... a sus simpatizantes, enseguida... a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos.” (General Ibérico Saint Jean. Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Mayo de 1977). En ese momento Leopoldo estaba en la facultad, terminando de estudiar. Y se contagió. Los gigantes grises tomaron a su familia, la destrozaron y la separaron. Y así quedó la vida de Leopoldo. Destrozada, escondida, triste. Se sentía impotente ante ellos, como si cada vez que intentara dar un paso, pensar, un gran martillo le fuera golpeando la cabeza, enterrándolo bien debajo de la tierra. De vez en cuando sentía un rumor mientras caminada por Libertador, pasando cerca del Portón de Hierro de la Escuela de Mecánica de la Armada. “Radios, el estado del pueblo reflejado en sonidos”, pensaba al distinguir esas voces, “Gritos. Amelia.” Todo venía a su mente. Un talento que lo carcomió por dentro a mediados de la década del ‘70 fue su gran oído. No dejaba de escuchar.

Solo tenía a Inés, su gran amor. Había quedado solo e indefenso frente a unos gigantes hombres grisáceos. Que destruyeron su vida, cambiaron totalmente a Leopoldo. Y lo convirtieron en uno de ellos. Pobre Hombrecito Gris. Él, que siempre había sido fuerte, solo no era nada. No podía contra ellos. Por ello, ahora, a su paso deja marcas de amargura y seriedad. Y esconde esa vida pasada dentro suyo, palpitando, esperando para salir y luchar con el día a día.

Es una triste historia la de Indagación... Pero la época gris terminó hace décadas e Inés conserva la esperanza. Un nuevo país crece, entre crisis y regeneraciones. Leopoldo parece estar juntando fuerzas a escondidas, su sombra empieza a cambiar de color.

11.01.2010

A veces pasan cosas los 27 de octubre

"Yo nunca fui, soy o seré peronista, pero en el 2003 el ex presidente recibió un agujero negro con forma de mapa en el que no quedaban ni los mástiles (porque ¿qué bandera íbamos a colgar?). Fue el primero en quedarse en el gobierno luego de tanta cosa, el primero en animarse a sacarnos de ese estado. Se afrontó al campo y a los medios de "descomunicación", como suelo llamarlos. Decían que eramos del primer mundo. Eramos el bidet del primer mundo. Y se le critica la crispación, pero yo me pongo de pie para elogiarsela: ¿Hay menos crispación en Carrió? ¿En los Duhalde? Simplemente le critico haber elegido a Cobos. La democracia es un prodigioso..."
Dejo de prestar atención, la radio parece bajar su volumen mientras las nubes están cambiando de forma.
Es la primera vez que escucho tanto suceso en mi país. No en el sentido de movimiento, sino de algo tan hondo. En esta tierra con pampas, glaciares, ceibos, con pancitas y penínsulas sobre el océano Atlántico, sobre el río más ancho del mundo. Cuánto carnaval, y falta poco para el día de los muertos.
Y ahora me viene la cara de Caro "Che, se murió Kirchner", con esa voz jodida que nunca sabés si creerle o no "No te rías boluda, es en serio". Miércoles, después de dormir hasta las dos de la tarde, después de una noche de peleas, ollas de fideos, guitarras, luna y baile. Y me impresionó.
Me acuerdo. Creo que siento lo que siente la plaza, cada vez que la pisan esos pies que llevan las pancartas, que llevan a alguien a cococho. Puedo entender lo que sienten los que pisan la plaza. O lo que siente su hija. Y hasta comienzo a sentir lo que siente quien muere por saber que pasará después. Quien recuerda sus errores. Quien no se inmuta.
Siento que no pasó, aunque me doy cuenta del luto de la mitad del país.
No puedo decir que no pasó nada, porque hay un no se qué en el ambiente, una sensación de que algo denso está pasando afuera y adentro. Aunque mi jardín de la silenciosa Zona Norte brille, sobrevolado por mosquitos. Aunque apague la radio, queme los diarios, me olvide de lo político de la vida humana. Se siente en el aire.
Estoy segura de que toda persona tiene dos polos y piensa cosas que se contradicen entre sí, tiene ideales que no encajan en ningún partido o línea. Y creo que Kirchner no era peronista. Era Kirchner, un Kirchner hecho y derecho. Porque ya me harté de hablar de muertos que paren a vivos. Porque Menem también era peronista, y no creo que ni Carlos ni Néstor sean Juan Domingo. Y también creo que hizo cosas bien, y cosas mal (y eso es lo que muchos no saben aceptar) . Que lo suyo fue Democracia a pesar de todo, que es, en un punto, lo que importa. Nunca, jamás, en los doscientos años de directorios, triunviratos, presidencias y dictaduras que tuvo la Argentina, el pueblo entero apoyó y se contentó con un Gobierno. Y eso es la Democracia, la variedad, todos. Pero todos pensando, opinando: no importa si a favor o en contra. Lo importante es que Néstor movió los cerebros, activó encéfalos, a medida que él hacía y decía, nosotros volvimos a razonar, a tamizar la información, a no tragarnos todo. Ésto es importante más alla de ser bueno o malo, algo pasa, y más gente sabe, más participan.
Dicen que Kirchner fue crispación, oposición, corrupción. Oficialismo, peronismo, kirchnerismo. Golpista, soberbio. Derechos humanos, retenciones. Ayuda, una escuela militar sin Videla, cambios. Dicen que fu pingüino, chorro, presidente, primer caballero. Kirchner fue, pero se hizo notar. Y seguirá siendo.

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