11.23.2010
El genocidio del arte
Mañana me despierto y estas ahí.
11.14.2010
Sed
La sed.
Ruido burbujeante, como cuando te escucho hacer gárgaras, en tu extremo cuidado por la limpieza de tu (aliento) dentadura. La soda que va llenando el vaso llama más mi atención que tu historia.
A nadie más le importa que el vaso sea verde como las botellas de vino, como las retornables de gaseosa que me daban en La Giralda.
Excepto por la importancia del verde de sus ojos. Camina en soledad, ansioso. Su Buenos Aires Querido en una tarde lluviosa le dificulta a Román encontrar la parada de colectivo. Necesita líquido bajando por su garganta, pero no llega. Y, de paso, quiere invitarla a tomar sopa de cebollas a su casa, haciéndose desear, mostrandole su modo francés, su acento gallego, sus formas. Pero si llega tarde, la sed no se va y ella sí.
Me vas contando la historia del gallego Román y me parece conocerla. A punto de hacerte un comentario, cierro mi boca, apoyo mis labios (con rouge Penelope’s red) en el vaso, y me trago las palabras. El burbujeo continúa por mi garganta y agita las palabras que quieren salir.
Román no cree aguantar, no llega, no llega. Ella quiere compartir. Él no sabe sobre convivencia. Solo aprendió a mostrar sus ojos verdes, escribir sobre girasoles, dormir en el altillo. Sabe dormir, soñarse en escenarios, llegar a la parte más incendiada de nuestro universo. Sintiéndose un fósforo quemado que tiene experiencia, talento, pero que le falta materia gris. Gris, como su Buenos Aires Querido. Verde, como la botella que compraría si tuviera a San Martin en un papelito de colores. Quiere verla, embriagarse de su situación, amarla cómo solo él sabe. Sabiendo que ella no lo dice, pero lo siente.
Espero que la historia termine pronto. No te soportaría mucho tiempo hablándome sobre los días con mi español y sus verdes ojos. No puedo aguantarlo, las burbujas están por acabarse, y mi sed crece.
Extiende el brazo, el colectivero parece buen hombre. La tarifa ha aumentado terriblemente, y las mujeres lo comentan ya que en su vida no hay peor catástrofe que gastar cuarenta centavos más cada día. Consigue un asiento roto y una mujer quiere hacerle creer que está embarazada mientras sus ojos arden de odio. Y, por fin, la lluvia cae. Y, por suerte, logra escuchar el sonido del timbre. La suela de sus zapatos le anuncia que está en las baldosas amarillas de San Isidro. Abre la boca, mira hacia el cielo y la sed…
La sed ya no existe en estos pagos. Te dejo continuar con tu final, explicándome que ella le toma la mano y le besa la mejilla (él es alto), cumpliendo tu sueño.
Y no sabés que la que le quitó la sed a ese extraño fue la lluvia, ni que Román es un nombre invertido para que creas que no fue un episodio sobre un banco en el patio de un edificio. Deberías saber que yo soy la del Buenos Aires Gris y Querido, que fui la dueña de los ojos verdes. Pero te dolería demasiado.
Su sed.
Guillermina me mira mientras comienzo a contarle una historia. Quiero explicarle la manera en que la gente puede ser, decirle cuánto anhelo un beso bajo la lluvia. Ella se sirve soda en el vaso color oliva y me escucha, relajadamente.
“Román era alto. Caminaba por la 9 de julio buscando una parada de colectivo que lo regresara a ella lo más rápido posible, ya que hacía rato sentía el frío que siempre levantaba pequeños médanos en su piel… “piel de gallina”. Y necesitaba saciar su sed.”
Escucho al gas del vaso de Guillermina quejarse. Me mira con intriga.
“Había nacido en Madrid, en el año ’91, pero su madre, una parisina aficionada de la cocina lo hizo amar Francia. Al intentar hablar en castellano, cambiaba las eses y ces por zetas y le daba un tono francés a las palabras. Se mudó a
Sus labios beben tranquilos, mi sed crece. Guillermina sabe lo que quiero decirle, estoy seguro, pero no se arriesga a hacer comentario alguno. Siento, de a poco, como mi garganta se va secando mientras cuento. Y sé que la lluvia de Román está lejos de mi boca, y que el labial de Guillermina manchará mis labios más tarde.
“Era la primera vez que le cantaba a alguien sobre una taza de café, sobre los girasoles donde duerme la gente. La primera vez que podía mirar unos ojos y ver más que el verde de los suyos. El problema era su música, los cambios que estaban haciendo su mente y su vida. Quería verla de cualquier modo.”
“Cuando el colectivo se detuvo en la parada, subió y se sentó mientras el ruido que hacía su billetera vacía lo aturdía. Se calzó los auriculares que agujereaban el cuello de su pullover: Dos saltos en una semana, apuesto que crees que es muy inteligente, ¿no? Volando en tu motocicleta, mirando el suelo debajo tuyo caer. Te matarías por un poco de reconocimiento. Te matarías con tal de nunca parar. Rompiste otro espejo, te estás convirtiendo en algo que no sos. Intentando no molestar a nadie, se quedó callado mientras miraba por la ventanilla. Se levantó, aprovechando que un hombre de unos ciento sesenta centímetros ya había tocado el timbre y bajó del colectivo. La necesidad de que un líquido corriera por su garganta lo hizo mirar al cielo, y, cuando la lluvia empezó a caer, llegó ella. Debajo de una enredadera permeable, Román dejó su sed a un lado y le regaló la noche.”
11.11.2010
Por tu libertad
Un texto que ya tiene dos años y algo.
Leopoldo Indagación era un hombre entre negro y gris. Todos los días se levantaba a las seis y treinta y cinco de la mañana. Se duchaba, se vestía de traje y corbata almidonados y se iba directo a desayunar. El café negro siempre listo, hirviendo. Lo bebía, a pesar de quemarse la lengua en el apuro, tomaba el portafolio, las llaves y saludaba a su esposa. Luego caminaba cuatro cuadras hasta la parada del sesenta y tomaba el colectivo. Durante el viaje, que duraba media hora, usualmente se quejaba mentalmente de los malos olores del transporte público, las parejas sonrientes a la madrugada, las jóvenes paradas en el pasillo, moviendo sus cabezas al compás del ruido de su discman. En la oficina, trabajaba hasta las diecinueve junto a otros hombres grises y/o negros (a veces, uno que otro desencajaba con un tono marrón, pero ese es otro problema) y regresaba de nuevo a su casa. La rutina de una vida.
Su mujer, Inés Cecilia Serrano de Indagación, se levantaba unos minutos antes que Leopoldo para preparar el café y volvía a la cama en su camisón floreado. Ama de casa desde el casamiento, jamás había logrado terminar la carrera de Bellas Artes. Cada día su angustia aumentaba, al darse cuenta que su esposo ya no era el mismo de antes. Su antigua sonrisa era ahora un gesto de amargura.
Su hija, Magdalena Indagación, estaba casada con un médico y vivía por Núñez, cerca de sus padres en un departamento recién equipado, lleno de imitaciones de Jackson Pollock. Hacía dos años que estaba en matrimonio y tenía la idea de adoptar un hijo, pero su padre no lo admitía. Decía que el chico tendría conflictos, que no sería un niño normal. Además, Magdalena debería dejar de trabajar, y sus padres no habían pagado catorce años de estudios para que ella se convirtiera en una desempleada mediocre. No dejaba lugar a discusión, y con la simple mención de la palabra adopción, el rostro de Leopoldo se agriaba. Sin embargo, su mujer Inés creía que con un nieto Leopoldo lograría abrirse a un mundo que se había convertido ajeno a su vida hacía muchos años.
Magdalena sufría porque sentía que su padre no la dejaba vivir, Inés porque su esposo ya no era el de antes y porque su hija sufría. Y Leopoldo no sufría. Era gris pero no para tanto.
Aunque, periódicamente, cuando Indagación volvía en colectivo, pasaba por la casa de Dolores, que tenía el jardín más bello y aromático del barrio: Allí se ablandaba como manteca por el perfume de las flores. Esos colores esfumaban su corazón y convertían a Leopoldo en un ser volador. A dos casas estaba “C’est la vie”, el local de un Bohemio paraguayo que compraba y vendía Discos de Vinilo en cualquier idioma. Las melodías se introducían en los oídos de Leopoldo, dispuestas a no salir nunca más. La heladería de Fito, famosa, donde los chicos tomaban helado y se relamían por los refrescantes sabores. Ahí al lado, un grupo de gatos peludos se había instalado y provocaba sofocante ternura a cualquiera que pasara caminando. Así, Leopoldo ya se quitaba el sombrero, se desajustaba un poco la corbata, abría el primer botón de su camisa y dejaba que un poquito de la próxima primavera le entrara en el cuerpo. El calorcito que sentía al caminar por esa cuadra finalizaba cuando cruzaba las vías y veía las campanillas secas del terraplén del tren. Llegaba a su casa y, dejando el sombrero y el portafolio en una silla, comprimía todos los colores que habían entrado en su cuerpo y se desteñía la mente. Ajustaba su corbata y se ponía a trabajar en unos papeles que había dejado esa mañana sobre su escritorio.
Una vida aburrida, decían por el barrio. Una vida muy normal, diría yo. Habría que hacer una campaña contra la rutina...
Decía que él era un hombre gris. Respiraba un aire infinito y oxidado. Sin perfumes, sin metáforas. No soñaba con ser un pájaro. Ni con volar. No se dejaba llevar pensando en cómo sería el mundo. No reía. No lloraba. Serio. Completamente. No escuchaba música. Solo, a veces, el sonido de las teclas de la máquina escribir. Sin sonrisas, sin ropajes de colores. Ningún exceso, excepto el exceso de trabajo, tal vez. Exceso de silencio. Exceso de seriedad. Exceso de gris.
Pero esto no fue siempre así. De joven, había sido un muchacho que quería cambiar el mundo, encantador. Era amoroso, cordial. Tocaba la guitarra, sonreía y cantaba canciones de protesta, canciones que no solo eran canciones: eran poesía musical. “Correrás al fin con frenesí… por tu libertad. Pero ni bien una lágrima caiga, mil estrellas juzgarán que es en vano”
Bailaba con alegría. Escribía libros tratando de hacer pensar. Su madre le contagiaba esa fuerza. La señora Amelia de Indagación era una mujer risueña, que cocinaba dejando deliciosos aromas y tibios sabores en el ambiente. Pero la hicieron desaparecer. Y dejaron que su hijo cambiara sin ella poder hacer nada. Así, sin más, desaparecer. Leopoldo nunca quiso imaginar cuánto debió haber sufrido Amelia. Lo borró de su mente como suele hacer cada mañana con el corrector de la máquina. Dejó que la memoria muriera sin atreverse a luchar.
La que estuvo siempre fué Inés. Disfrutó a Leopoldo en sus buenos tiempos, lo miraba realmente hechizada. Siempre lo amó, siempre. Y, un 24 de marzo de 1976, Isabel Perón (presidenta), fue detenida y sacada del gobierno. La armada argentina tomó el gobierno, provocando fugas, muertes y penas en un tiempo fuerte, de ideas revolucionarias, las cuales no podían ser llevadas a cabo de otra manera que no fuera a escondidas. Querían sacar todo rastro de pensamientos subversivos, quitando identidades, torturando. “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después... a sus simpatizantes, enseguida... a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos.” (General Ibérico Saint Jean. Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Mayo de 1977). En ese momento Leopoldo estaba en la facultad, terminando de estudiar. Y se contagió. Los gigantes grises tomaron a su familia, la destrozaron y la separaron. Y así quedó la vida de Leopoldo. Destrozada, escondida, triste. Se sentía impotente ante ellos, como si cada vez que intentara dar un paso, pensar, un gran martillo le fuera golpeando la cabeza, enterrándolo bien debajo de la tierra. De vez en cuando sentía un rumor mientras caminada por Libertador, pasando cerca del Portón de Hierro de la Escuela de Mecánica de
Solo tenía a Inés, su gran amor. Había quedado solo e indefenso frente a unos gigantes hombres grisáceos. Que destruyeron su vida, cambiaron totalmente a Leopoldo. Y lo convirtieron en uno de ellos. Pobre Hombrecito Gris. Él, que siempre había sido fuerte, solo no era nada. No podía contra ellos. Por ello, ahora, a su paso deja marcas de amargura y seriedad. Y esconde esa vida pasada dentro suyo, palpitando, esperando para salir y luchar con el día a día.
Es una triste historia la de Indagación... Pero la época gris terminó hace décadas e Inés conserva la esperanza. Un nuevo país crece, entre crisis y regeneraciones. Leopoldo parece estar juntando fuerzas a escondidas, su sombra empieza a cambiar de color.
11.01.2010
A veces pasan cosas los 27 de octubre
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