"Un libro no se rompe a menos que su propietario quiera hacerlo, arranque las páginas, las prenda fuego. Durante los años de la última dictadura militar argentina, mucha gente quemó sus libros en el inodoro, en las bañeras, enterró colecciones en el fondo de sus casas. Se habían vuelto notoriamente peligrosos. Entre ellos y la propia vida, la gente elegía, convertida en su propio verdugo.
Libros que habían sido largamente estudiados, discutidos, libros que habían despertado pasiones, compromisos irrenunciables y distanciado a viejos amigos, subían al cielo convertidos en cenizas de carbón que se disipaban en el aire.
Yo no me atreví. Enrollaba revistas y las introducía dentro del tubo de la cortina del baño, escondía los libros más temibles en el último rincón de los armarios, en la hilera posterior de la biblioteca, a conciencia de que un sorpresivo allanamiento los descubriría.
Entonces, los libros acusaron a mucha gente. Les rompieron la vida."
Carlos María Dominguez; La casa de papel, editorial Punto de Lectura; Uruguay; octubre 2007.
Lo recuperé hace poco, y, con él, su mancha veraniega de agua de mate.
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