11.14.2010

Sed

Otra antiguedad

La sed.

Ruido burbujeante, como cuando te escucho hacer gárgaras, en tu extremo cuidado por la limpieza de tu (aliento) dentadura. La soda que va llenando el vaso llama más mi atención que tu historia.

A nadie más le importa que el vaso sea verde como las botellas de vino, como las retornables de gaseosa que me daban en La Giralda.

Excepto por la importancia del verde de sus ojos. Camina en soledad, ansioso. Su Buenos Aires Querido en una tarde lluviosa le dificulta a Román encontrar la parada de colectivo. Necesita líquido bajando por su garganta, pero no llega. Y, de paso, quiere invitarla a tomar sopa de cebollas a su casa, haciéndose desear, mostrandole su modo francés, su acento gallego, sus formas. Pero si llega tarde, la sed no se va y ella sí.

Me vas contando la historia del gallego Román y me parece conocerla. A punto de hacerte un comentario, cierro mi boca, apoyo mis labios (con rouge Penelope’s red) en el vaso, y me trago las palabras. El burbujeo continúa por mi garganta y agita las palabras que quieren salir.

Román no cree aguantar, no llega, no llega. Ella quiere compartir. Él no sabe sobre convivencia. Solo aprendió a mostrar sus ojos verdes, escribir sobre girasoles, dormir en el altillo. Sabe dormir, soñarse en escenarios, llegar a la parte más incendiada de nuestro universo. Sintiéndose un fósforo quemado que tiene experiencia, talento, pero que le falta materia gris. Gris, como su Buenos Aires Querido. Verde, como la botella que compraría si tuviera a San Martin en un papelito de colores. Quiere verla, embriagarse de su situación, amarla cómo solo él sabe. Sabiendo que ella no lo dice, pero lo siente.

Espero que la historia termine pronto. No te soportaría mucho tiempo hablándome sobre los días con mi español y sus verdes ojos. No puedo aguantarlo, las burbujas están por acabarse, y mi sed crece.

Extiende el brazo, el colectivero parece buen hombre. La tarifa ha aumentado terriblemente, y las mujeres lo comentan ya que en su vida no hay peor catástrofe que gastar cuarenta centavos más cada día. Consigue un asiento roto y una mujer quiere hacerle creer que está embarazada mientras sus ojos arden de odio. Y, por fin, la lluvia cae. Y, por suerte, logra escuchar el sonido del timbre. La suela de sus zapatos le anuncia que está en las baldosas amarillas de San Isidro. Abre la boca, mira hacia el cielo y la sed…

La sed ya no existe en estos pagos. Te dejo continuar con tu final, explicándome que ella le toma la mano y le besa la mejilla (él es alto), cumpliendo tu sueño.

Y no sabés que la que le quitó la sed a ese extraño fue la lluvia, ni que Román es un nombre invertido para que creas que no fue un episodio sobre un banco en el patio de un edificio. Deberías saber que yo soy la del Buenos Aires Gris y Querido, que fui la dueña de los ojos verdes. Pero te dolería demasiado.

Su sed.

Guillermina me mira mientras comienzo a contarle una historia. Quiero explicarle la manera en que la gente puede ser, decirle cuánto anhelo un beso bajo la lluvia. Ella se sirve soda en el vaso color oliva y me escucha, relajadamente.

“Román era alto. Caminaba por la 9 de julio buscando una parada de colectivo que lo regresara a ella lo más rápido posible, ya que hacía rato sentía el frío que siempre levantaba pequeños médanos en su piel… “piel de gallina”. Y necesitaba saciar su sed.”

Escucho al gas del vaso de Guillermina quejarse. Me mira con intriga.

“Había nacido en Madrid, en el año ’91, pero su madre, una parisina aficionada de la cocina lo hizo amar Francia. Al intentar hablar en castellano, cambiaba las eses y ces por zetas y le daba un tono francés a las palabras. Se mudó a la Argentina al cumplir los dieciocho años y enamoró a una mujer con el recetario de su madre.”

Sus labios beben tranquilos, mi sed crece. Guillermina sabe lo que quiero decirle, estoy seguro, pero no se arriesga a hacer comentario alguno. Siento, de a poco, como mi garganta se va secando mientras cuento. Y sé que la lluvia de Román está lejos de mi boca, y que el labial de Guillermina manchará mis labios más tarde.

“Era la primera vez que le cantaba a alguien sobre una taza de café, sobre los girasoles donde duerme la gente. La primera vez que podía mirar unos ojos y ver más que el verde de los suyos. El problema era su música, los cambios que estaban haciendo su mente y su vida. Quería verla de cualquier modo.”

“Cuando el colectivo se detuvo en la parada, subió y se sentó mientras el ruido que hacía su billetera vacía lo aturdía. Se calzó los auriculares que agujereaban el cuello de su pullover: Dos saltos en una semana, apuesto que crees que es muy inteligente, ¿no? Volando en tu motocicleta, mirando el suelo debajo tuyo caer. Te matarías por un poco de reconocimiento. Te matarías con tal de nunca parar. Rompiste otro espejo, te estás convirtiendo en algo que no sos. Intentando no molestar a nadie, se quedó callado mientras miraba por la ventanilla. Se levantó, aprovechando que un hombre de unos ciento sesenta centímetros ya había tocado el timbre y bajó del colectivo. La necesidad de que un líquido corriera por su garganta lo hizo mirar al cielo, y, cuando la lluvia empezó a caer, llegó ella. Debajo de una enredadera permeable, Román dejó su sed a un lado y le regaló la noche.”

“Siempre igual, ¿no?” me dice Guillermina, “episodios felices”. Me acaricia la cabeza, besa mi frente y se va, con una mirada entre gris y confundida. Estoy seguro, ésta noche no llueve.

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