vos. vos y las hojas caen. vos. nube de mas alla. vos. obnubilante. desde el silencio sos viento de molino surcando armonia. dos copas de cristal, dos que se conocen mas. dos. son más que antes. viejos amantes. que quieren ver las luces sembradas por abuelas. quiero besar tu mirada antes que cierres los ojos. quiero besarte dormida y despertarme en tu boca. vos. vos y las hojas caen. vos. entre los dias mas. dos. lejos del miedo. encantadora. sos viento de los mares. mojando melodias. quiero besar tu mirada antes que cierres los ojos. quiero besarte dormida. y despertarme en tu boca. vos.
me hice cargo de tu luz
Primera parte.
Bajo el volumen, me levanto de la silla y llevo el plato hasta la cocina, donde tiro lo que dejé. Sigo hasta el baño para mirarme en el espejo. De fondo, escucho a la rubia torturarme "cada vez que tomamos sol los rayos UV nos manchan la piel, y los dermatólogos dicen que esto es malo para nosotras, chicas". Ahí me descubro una nueva arruga en el entrecejo y algunas manchas en la frente. Sin contar los nuevos milímetros que ganó mi papada estos últimos días. "Greenlifting está disponible a sólo trescientos dólares el pote y va a resolvernos todos esos problemitas que llegan con la edad. Es una oferta que no nos podemos perder, chicas. ¡Empiecen a llamar!"
Definitivamente la rubia no entiende ni medio de lo que habla.
Salgo del baño hasta el teléfono que está enchufado al lado de la televisión y marco el número en pantalla. Mientras el tubo da tono, la rubia se ríe de mis arrugas desde la pantalla.
-Canal Mujeres, ¿en qué puedo ayudarla?
-Qué tal, quisiera...
-El greenlifting está US$ 300 el pote, se lo entregamos en su casa con un adicional del cuarenta y cinco porciento, si quisiera decirme su dirección por favor.
-En realidad quería hacerle una pregunta a la invitada
La chica me deja esperando en la línea con una música de fondo insoportable que de vez en cuando dice con voz de trava "Canal Mujeres, tu canal".
-Dolores, ¡parece que hay un llamado para vos! Estás al aire diosa, ¿quién habla?
-Me llamo Sofía. Ya sé que posiblemente tengas tanta guita que ya no sepas que hacer, y que no te importa lo que te pueda decir una piba cualquiera. Pero no estás haciendo ningún bien a las mujeres. En vez de comprarnos, nos hacés mierda el autoestima. Por qué mejor no lo dejás vender a tu marido, si se nota a la legua que tenes cirujías que nunca necesitaste. Te vendieron un curro igual al que me querés vender vos. Te lo pido, si vuelvo a poner este canal no te quiero volver a ver.
Los labios de la rubia se quedan sin palabras y corto el llamado. Me arrepiento al segundo, pero mis instintos feministas son más fuertes, lo hecho, hecho está. Nunca en mi vida la voy a volver a ver.
La culpa me dura poco y me olvido del tema porque Andre está entrando al departamento. Es mi hermana, trabaja de profesora de lengua y sociales en quinto grado de un colegio del Bajo. Se llama Saint algo, prestigioso, bilingue y religioso. Todo lo contrario a ella. Eso me produce mucha admiración hacia Andrea. Cada vez que llega a casa con su delantal azul y rojo se muere de hambre, así que la espero con la cena hecha, y ella me charla, y me cuenta lo que le dijeron los chicos en el colegio, que los chicos no están perdidos, que cada vez saben más de historia, de política, literatura, que pueden ir más allá de lo que les impone la sociedad y su familia saint. Simi hermana come milanesa de soja con ensalada es porque está de buen humor. Si me saca de mi pastel de papa, viene de lo de Germán. Ahí se olvida del gimnasio, del verano y del kilo y medio de más, y la veo llorar, mientras rasquetea la fuente con el tenedor. Me gusta verla así, porque se ablanda. Vemos películas y puteamos a los personajes. Nos entendemos, aunque nunca le dije que mi novio fue el que me dejó a mi y por eso estoy sin departamento. Supongo que así es mejor.
Hoy parece que fue a lo de Germán, pero la saludo y sus ojos no se detienen a mirarme. Se encierra directo en su habitación. Al rato me grita
-Si no conseguís laburo en una semana te vas a vivir con mamá.
Mi querida madre tiene alzheimer hace varios años y cabe la posibilidad de que alguna noche, llegando a casa, me eche a escobazos por no reconocerme. Un drama que prefiero evitarme.
Espero, escuchando como su respiración se agiliza en el silencio que quedó sin Canal Mujeres. No parece arrepentirse.
Me despierto cuando Andrea se va y disfruto de estar un rato más sin pensar en la plata. Mi pijama de verano consiste en una remera apolillada que le saqué a mi hermano y unos shortcitos de deporte, y me quedo así tomando mates en el balcón con el solcito de la mañana. Estar así vestida me libera, siento que respiro mejor. El balcón del departamento da a Alvear y voy viendo a las viejas comprar el pan en la Nueva Colón y la leche en Raffa. Algunos se juntan a desayunar en el café en frente. La gente está tranquila a la mañana, parece no sentir el olor de las tipas que todavía no florecen, un olor pegajoso como el agua que expulsan, como si sus flores se hubieran podrido antes de salir. Pasa un tipo en bicicleta y parece reírse de cómo estoy vestida. Me mira demasiado hasta que me doy cuenta de que tal vez es porque no tengo puesto corpiño. En eso, suena el teléfono y corro a atender.
-¿Hola?
-Buenos días, ¿estaría disponible la señorita Andrea Palacios?
-Ella está trabajando, ¿quiere dejarle un mensaje?
-Bueno, mire, una alumna suya se enfermó y no pudo ir al colegio. Quisiera saber si le habían avisado que tenia que traerle la tarea.
-¿Usted es su madre?
-No. Soy empleada de los Galarza.
-Ah, bueno señora, ella la dejó acá. Si quiere, puedo llevarlos.
-Muchas gracias.
Me olvidé de llevarlo, Andrea me lo pidió hace dos días. Ahora entiendo su enojo de anoche.
El sobre dice Eduardo Madero y Emilio Mitre. Nunca me acerqué demasiado a esa zona residencial, no conozco a nadie que viva ahí, y me dijeron que los caminos al bajo están cerrados, a excepción de Pueyrredón. Creo que antes había uno empinadísimo, con el estatua de un águila. Parecía un lugar medio místico la vez que pasé por ahí. Era de noche y estaba con unos amigos alemanes, veníamos de tomar algo en el río y no encontrábamos otro lugar por donde subir. Nos metimos por ahí.
La cuestión es que voy. A medida que me acerco a Libertador, más impresionantes son las casas. Portones enormes, paredes blancas e impecables. Una de las únicas que chorrea mal gusto, tiene rejas negras y doradas, estatuas de duendes de madera en el frente, y paredes de un mármol entre marrón y bordó. Los árboles y el tacho de la vereda, encarcelados con las mismas rejas brillantes. Me impresiona cómo malgastan la plata.
En Libertador, doblo a la izquierda hasta Emilio Mitre, donde sigo bajando para el lado del río. En una esquina, se me cruza un tipo en bicicleta.
-Veintidós años, 54 kilos, calzás 38. No estoy seguro de la edad. Podrían ser veinte. ¿Me equivoco?
Me sobresalto y él se ríe. Es canoso y tiene un bolso hecho de goma de auto, donde veo un par de bordados y lentejuelas de colores. Está vestido de una forma extraña, no llega a estar rotoso pero tampoco pensaría que vive por acá. Le veo un pedazo de tela blanca y sucia atada a la muñeca y me vuelve a preguntar.
-¿Me equivoco?
Después de pensarlo unos segundos, le respondo. En realidad, si no le hablo me va a seguir insistiendo y puede ser peor. Además, me da demasiada curiosidad cómo es que dio en el clavo.
-No, no te equivocás. Igualmente, te aviso que no me peso hace meses. El peso no se si lo acertaste.
-Bueno, che. Después pesate y vas a ver cómo tengo razón. Mucho gusto, mi nombre es Hugo. Disculpame por irrumpir de ésta manera, pero no tengo otra forma de vender mi producto. ¿Te molesta si te acompaño? ¿Vas a tu casa? ¿Sos de la zona?
-En realidad voy a entregar algo por acá. ¿Qué vendés, Hugo?
-Ah, es un secreto.
Ahí me mira y se ríe de nuevo. Sabe que me estoy muriendo por saber todo. Mientras me cuenta donde vive, a quién conoce de por acá y cuales son las casas que mejor le compran, empiezo a dudar que sea un vendedor ambulante. Perdida en su relato, empiezo a prestarle atención. Me habla de las hijas de los propietarios de éstas casas.
-Esas chicas. Las lacias, altas. No hay que ser prejuicioso, ¿no?, pero yo, que las conozco, sé cómo son. Son mis clientas. Se ríen, porque siempre están entre amigas, y necesitan olvidarse de lo demás. Se visten con ropa tal o cual. Vos sabés a cuales me refiero. Seguro vos pensás que están vacías, que no sienten, que les faltan problemas. Estás enteramente equivocada, ¿sabés? Cuando cantan la música de boliche a los gritos lo hacen por un pibe que les hizo mal, por el llanto escondido detrás del revoleo de polleras. Sienten envidia, compiten constantemente. Imaginate intentar ser siempre mejor que los demás, pero queriendo encajar, ser igual a todos. Difícil, ¿no? Imaginate que tu mamá, en vez de invitarte a almorzar a su casa, te diga que se va al gym, que se compró tu mismo vestido y que más tarde tiene una lipo. Su vida no es como creés.
Cuando me encuentro con el portón que no me deja seguir caminando, lo miro de nuevo y me doy cuenta. Es el tipo que se rió de mí a la mañana.
-Puede ser que tengas razón. Yo realmente no las conozco.
-Me imagino, no te vestís como ellas, y por lo que veo no vivís por acá.
-No, vine a traer algo a ésta casa. Llegamos. ¿Me vas a decir qué vendés?-le insisto, antes de despedirme.
-Ropa interior vintage. Tengo bodies blancos con broderie, corpiños de los años cuarenta, hay de todo. Tomá mi tarjeta, tengo muchas cosas de tu talle.
Me ruborizo y se va, sin darme tiempo a responderle. Cuando me doy vuelta, veo el portón negro que tengo en frente. Lo que puedo ver de la casa de esta chica es un jardín que ocupa casi toda la cuadra. Intento recorrer el lugar con la mirada. Delante mío hay una calle que sigue hasta el fondo, hasta otro jardín lleno de árboles y un tobogán. El asfaltado parece ramificarse más adelante, cómo si en el terreno hubiera un barrio entero. Al costado, vep una construcción del tamaño de nuestro living con un señor sentado adelante. Me mira, curioso, y se me acerca.
-¿Busca a alguien?
-Vengo a entregarle a una chica su tarea. No me dijeron qué casa es, el sobre decía Madero y Mitre.
-Ésta es la casa. Me avisaron que Manuela está enferma, y que usted vendría. Muchas gracias.
-Disculpe, estoy confundida. ¿Esto no es un barrio cerrado?
-No, no, la casa está más al fondo. Las distintas calles llevan a la cancha de tenis, a la pileta, al jardín, etc.
-Ah. Bueno, muchas gracias. Acá le dejo el sobre.
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