11.11.2010

Por tu libertad

Un texto que ya tiene dos años y algo.

Leopoldo Indagación era un hombre entre negro y gris. Todos los días se levantaba a las seis y treinta y cinco de la mañana. Se duchaba, se vestía de traje y corbata almidonados y se iba directo a desayunar. El café negro siempre listo, hirviendo. Lo bebía, a pesar de quemarse la lengua en el apuro, tomaba el portafolio, las llaves y saludaba a su esposa. Luego caminaba cuatro cuadras hasta la parada del sesenta y tomaba el colectivo. Durante el viaje, que duraba media hora, usualmente se quejaba mentalmente de los malos olores del transporte público, las parejas sonrientes a la madrugada, las jóvenes paradas en el pasillo, moviendo sus cabezas al compás del ruido de su discman. En la oficina, trabajaba hasta las diecinueve junto a otros hombres grises y/o negros (a veces, uno que otro desencajaba con un tono marrón, pero ese es otro problema) y regresaba de nuevo a su casa. La rutina de una vida.

Su mujer, Inés Cecilia Serrano de Indagación, se levantaba unos minutos antes que Leopoldo para preparar el café y volvía a la cama en su camisón floreado. Ama de casa desde el casamiento, jamás había logrado terminar la carrera de Bellas Artes. Cada día su angustia aumentaba, al darse cuenta que su esposo ya no era el mismo de antes. Su antigua sonrisa era ahora un gesto de amargura.

Su hija, Magdalena Indagación, estaba casada con un médico y vivía por Núñez, cerca de sus padres en un departamento recién equipado, lleno de imitaciones de Jackson Pollock. Hacía dos años que estaba en matrimonio y tenía la idea de adoptar un hijo, pero su padre no lo admitía. Decía que el chico tendría conflictos, que no sería un niño normal. Además, Magdalena debería dejar de trabajar, y sus padres no habían pagado catorce años de estudios para que ella se convirtiera en una desempleada mediocre. No dejaba lugar a discusión, y con la simple mención de la palabra adopción, el rostro de Leopoldo se agriaba. Sin embargo, su mujer Inés creía que con un nieto Leopoldo lograría abrirse a un mundo que se había convertido ajeno a su vida hacía muchos años.

Magdalena sufría porque sentía que su padre no la dejaba vivir, Inés porque su esposo ya no era el de antes y porque su hija sufría. Y Leopoldo no sufría. Era gris pero no para tanto.

Aunque, periódicamente, cuando Indagación volvía en colectivo, pasaba por la casa de Dolores, que tenía el jardín más bello y aromático del barrio: Allí se ablandaba como manteca por el perfume de las flores. Esos colores esfumaban su corazón y convertían a Leopoldo en un ser volador. A dos casas estaba “C’est la vie”, el local de un Bohemio paraguayo que compraba y vendía Discos de Vinilo en cualquier idioma. Las melodías se introducían en los oídos de Leopoldo, dispuestas a no salir nunca más. La heladería de Fito, famosa, donde los chicos tomaban helado y se relamían por los refrescantes sabores. Ahí al lado, un grupo de gatos peludos se había instalado y provocaba sofocante ternura a cualquiera que pasara caminando. Así, Leopoldo ya se quitaba el sombrero, se desajustaba un poco la corbata, abría el primer botón de su camisa y dejaba que un poquito de la próxima primavera le entrara en el cuerpo. El calorcito que sentía al caminar por esa cuadra finalizaba cuando cruzaba las vías y veía las campanillas secas del terraplén del tren. Llegaba a su casa y, dejando el sombrero y el portafolio en una silla, comprimía todos los colores que habían entrado en su cuerpo y se desteñía la mente. Ajustaba su corbata y se ponía a trabajar en unos papeles que había dejado esa mañana sobre su escritorio.

Una vida aburrida, decían por el barrio. Una vida muy normal, diría yo. Habría que hacer una campaña contra la rutina...

Decía que él era un hombre gris. Respiraba un aire infinito y oxidado. Sin perfumes, sin metáforas. No soñaba con ser un pájaro. Ni con volar. No se dejaba llevar pensando en cómo sería el mundo. No reía. No lloraba. Serio. Completamente. No escuchaba música. Solo, a veces, el sonido de las teclas de la máquina escribir. Sin sonrisas, sin ropajes de colores. Ningún exceso, excepto el exceso de trabajo, tal vez. Exceso de silencio. Exceso de seriedad. Exceso de gris.

Pero esto no fue siempre así. De joven, había sido un muchacho que quería cambiar el mundo, encantador. Era amoroso, cordial. Tocaba la guitarra, sonreía y cantaba canciones de protesta, canciones que no solo eran canciones: eran poesía musical. “Correrás al fin con frenesí… por tu libertad. Pero ni bien una lágrima caiga, mil estrellas juzgarán que es en vano”

Bailaba con alegría. Escribía libros tratando de hacer pensar. Su madre le contagiaba esa fuerza. La señora Amelia de Indagación era una mujer risueña, que cocinaba dejando deliciosos aromas y tibios sabores en el ambiente. Pero la hicieron desaparecer. Y dejaron que su hijo cambiara sin ella poder hacer nada. Así, sin más, desaparecer. Leopoldo nunca quiso imaginar cuánto debió haber sufrido Amelia. Lo borró de su mente como suele hacer cada mañana con el corrector de la máquina. Dejó que la memoria muriera sin atreverse a luchar.

La que estuvo siempre fué Inés. Disfrutó a Leopoldo en sus buenos tiempos, lo miraba realmente hechizada. Siempre lo amó, siempre. Y, un 24 de marzo de 1976, Isabel Perón (presidenta), fue detenida y sacada del gobierno. La armada argentina tomó el gobierno, provocando fugas, muertes y penas en un tiempo fuerte, de ideas revolucionarias, las cuales no podían ser llevadas a cabo de otra manera que no fuera a escondidas. Querían sacar todo rastro de pensamientos subversivos, quitando identidades, torturando. Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después... a sus simpatizantes, enseguida... a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos.” (General Ibérico Saint Jean. Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Mayo de 1977). En ese momento Leopoldo estaba en la facultad, terminando de estudiar. Y se contagió. Los gigantes grises tomaron a su familia, la destrozaron y la separaron. Y así quedó la vida de Leopoldo. Destrozada, escondida, triste. Se sentía impotente ante ellos, como si cada vez que intentara dar un paso, pensar, un gran martillo le fuera golpeando la cabeza, enterrándolo bien debajo de la tierra. De vez en cuando sentía un rumor mientras caminada por Libertador, pasando cerca del Portón de Hierro de la Escuela de Mecánica de la Armada. “Radios, el estado del pueblo reflejado en sonidos”, pensaba al distinguir esas voces, “Gritos. Amelia.” Todo venía a su mente. Un talento que lo carcomió por dentro a mediados de la década del ‘70 fue su gran oído. No dejaba de escuchar.

Solo tenía a Inés, su gran amor. Había quedado solo e indefenso frente a unos gigantes hombres grisáceos. Que destruyeron su vida, cambiaron totalmente a Leopoldo. Y lo convirtieron en uno de ellos. Pobre Hombrecito Gris. Él, que siempre había sido fuerte, solo no era nada. No podía contra ellos. Por ello, ahora, a su paso deja marcas de amargura y seriedad. Y esconde esa vida pasada dentro suyo, palpitando, esperando para salir y luchar con el día a día.

Es una triste historia la de Indagación... Pero la época gris terminó hace décadas e Inés conserva la esperanza. Un nuevo país crece, entre crisis y regeneraciones. Leopoldo parece estar juntando fuerzas a escondidas, su sombra empieza a cambiar de color.

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