8.17.2010

luz

Candela y su guitarra azul van juntas por Eduardo Costa, tragando saliva, intentando saltar las ramas caídas, esperando que no pase el tren, para no perderse una sola nota del teclado de la canción que ahora sale por sus auriculares. Las llevan unas zapatillas gastadas, escritas, que sobreviven en los pies de Candela hace cinco años.
Cada vez que pasa el tren, caminan más cerca de los autos y miran por arriba del alambrado que las separa de la vía a los pasajeros. Ninguno las mira, simplemente leen sus diarios, escuchan sus llamadas, miran sus pies. Entrenados para no sentir nada más allá de sus universos particulares. Y en sus orejas no escuchan más que el traqueteo del tren, las conversaciones ajenas (porque saben bien cuánto les interesan).

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