Tus manos dando pie a mis dedos en caricias, tus caricias, mis manos.
Cuando parece que todo se va, que se pierde, regresan las partes faltantes. Desde la noche enterrada, con pianos de cola, con luces fugaces, perros, voces, tengo una soga enredada en el estómago. Hace bien, pero disminuye mi posibilidad de sentirte cerca. Siempre estás en falta, y si hasta ahora no llego la inundación, es porque buscamos refugio. Tanto buscarte en otra piel.
Y ni siquiera era la intención.
Calles del Telescopio, donde planeo encontrarte. No encuentro nada en tus palabras, no se ve desde tus ojos en los míos, camino por la tierra blanca que me lleva a la luna de tu piel. Y si busco. Y no encuentro. Y todo se aliviana con una suavidad, con una lágrima sobre tus grises.
Tenemos una noche de verano en pleno agosto para enseñarnos a planear sobre el frío de madrugada. Un sol saliendo, susurros de a poco, en la gran negrura nocturna. Sabés que podes salir de un escenario vacío, donde las guirnaldas de colores parecen máscaras malditas, donde mis anillos te pueden sostener, escuchar tus sonidos. Sonreime y vas a ver. Las palabras pueden arreglarlo.
Me recorre el frío por la espalda, mis ojos quieren descansar, no me rompas, no me rompas. Mis labios van bajando, mis manos te buscan, tiemblan, no quieren pensar en quedarse solas. Volviste a tu cauce de estrella fugaz.
Y ahora que sé que todo tiene sentido,
que perdí la cuna donde podían madurar estas palabras:
Perdón.
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