7.16.2012

Klimt

¿Qué sucede en todos esos lugares dónde no estamos? ¿Qué pasa cuando apagamos la luz y salimos de un cuarto? ¿Alguien hablará de nosotros? ¿Alguien estará dispuesto a arriesgarse a responder semejantes preguntas? Todos hemos estado cuando otro se iba, pero nadie estuvo presente en su propia ausencia.
¿Qué sucede en los cuadros cuando dejamos de mirarlos?

El árbol de la vida nace de una tierra emparchada. Se nutre de múltiples colores, flores con formas indeseables que se asemejan a botones. Pequeñas escamas en el piso. Un collage estrellado. Están mimetizadas con el tronco chico y tosco, que se muestra en todo su esplendor en sus ramificaciones.
Le han crecido unas cuantas flores al árbol de la vida. En ellas reposan todas las miradas habidas y por haber, de colores imposibles. Crecen día a día. En el árbol las ramas re retuercen y se espiralan, tanto como las vueltas que dan los humanos al ir y regresar. Crece como un vientre que se hincha a la espera de un bebé. Sus ramas se expanden, hijas de una semilla.
El árbol de la vida ocupa la noche. Su corteza dorada se distingue en la llanura, y muestra sus ojos abiertos, sus ojos atentos a cualquier movimiento. Es glorioso verlos pestañear. Las ramas siempre se enrollan y desenrollan, toman nuevas formas y se articulan las unas con las otras para lograr la urgente comodidad. Y, de vez en cuando, nacen nuevas espirales. Tímidas, encuentran su espacio cerca de alguna flor, de algún  brote cercano que les dé sombra y cobijo para poder desenrollarse por primera vez, y sentir ese despliegue de todas sus virtudes, como huesos que suenan a la vez de músculos que se estiran. Así sería si se tratara de humanos, pero son ramas del árbol de la vida. Brotes oro que buscan su lugar dentro del cuadro. 
A los costados, dos mujeres. Una redondeada y una triangular. Una que duerme, otra que mira. Una que sueña, otra que envidia. Una que mata, otra que vive. Una que vive con su vicio de las facciones corporales imperfectas, sonrisas llamativas y ojos profundos y rodeados de pestañas. Otra que parece no ser capaz de amar, que proviene de un tiempo remoto y piramidal.

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