3.11.2012

Medianeras divisorias.


Acabo de terminar de ver Medianeras, una película argentina. Ésta última semana escuché a, por lo menos, cinco personas decirme que no les gustan las películas hechas en nuestro país (con excepción de la única ganadora de un Oscar): afirmación que me pone nerviosa. ¿Cuándo fue que las películas argentinas se volvieron un género? No niego que tienen características en común, pero me cuesta encontrar la diferencia entre El secreto de sus ojos y muchas otras películas que realmente me gustaron mucho también. Cada director y guionista tiene sus influencias, sus formas de escribir, crear, pensar. Cada película es tan diferente de las otras.


No puedo decir que Medianeras sea perfecta. Y creo que cabe la posibilidad de que muchos críticos la hayan triturado de la misma forma que el profesor de “The Wall” metía a los chicos en ésa máquina y los convertía en carne picada. (Digo esto porque ví The wall hace poco, y no porque esté repentinamente obsesionada con Roger Waters, de lo que muchos “hipsters”, como los llaman amigos, podrían acusarme al leer esa frase). Debería haber menos críticos en el mundo. ¿Qué clase de negativísimo nombre para una profesión en ése? ¿Qué tipo de muro construirá alrededor suyo alguien que vive para juzgar a los demás? ¿Quién decide si tienen o no criterio, si tienen o no razón?


Medianeras. Fotografía: tic. Actores: tic. Me encanta la poesía que le da la voz en off a la arquitectura de la ciudad de Buenos Aires. Que se parezca a 500 días con ella, pero con menos tono de comedia romántica yankee. Que diga las cosas que nadie dice (o las que todos dicen con otras palabras) sobre nosotros: el asfalto sobre el que nos vivimos recalentando, las imposiciones que nos vivimos haciendo, el hormigón y el cemento que nos recubren, las miradas que vuelan como balas por el aire en cada rincón de la ciudad donde se encuentran humanos. Miradas que juzgarían a una pelirroja por abrazar a un maniquí que deja en la calle. Miradas seductoras entre una paseadora de perros y un adicto al Ibupirac. Miradas curiosas frente a una pantalla de computadora. Ojos constantemente abiertos.


Ah, y está re piola que la imagen de la película sea una recreación humana de Buscando a Wally: innegable.


Las medianeras son las paredes sólidas que dividen un edificio del otro. Cuando un edificio nuevo se construye al lado de una casa baja, o si se destruye el edificio que lindaba con éste, la medianera queda al descubierto. Sin fin u objetivo alguno, se deja su cuidado a los vientos y la erosión porteñas. A veces, empresas de comida o Supermercados, las usan para pintar sobre ellas un recordatorio de que a dos minutos del lugar indicado tienen una sucursal. De que allí está todo lo necesario para ser feliz, de que tienen cosas que te encantan, de que son sorprendentemente nuevos, enormes y coloridos. De que inviertas tu guita en ellos porque no te vas a arrepentir.


Por más que sea ilegal, las medianeras se rompen y se llenan de ventanas. Ventanas tan mínimas que parecen querer pasar desapercibidas. Qué tendrá de malo iluminar un poco un departamento que permanece a puerta cerrada las veinticuatro horas del día. Un departamento no es un perro que se puede sacar a pasear para tomar aire. (Qué frase pelotuda) Una habitación necesita un buen ventanal, un balcón espacioso, que dejen entrar el aire, el sol, la ciudad. Que deje entrar color en el departamento. Alrededor de las ventanas están las grietas rellenadas, los avisos y el cielo.


Por más que sea ilegal, los que disfrutan del dibujo agarran el material que tienen a mano y ponen más linda la medianera. Arte Urbano. Le pintan cualquier cosa, desde un rostro en blanco y negro hasta la imagen de un paisaje bizarro y lleno de color. Saben adueñarse de la pared, usan a su favor los defectos, huecos, rajaduras, manchas. Usan técnicas sin nombre. Se adueñan de la capital. No sé ponerlo en palabras. Es mejor buscar en Google “Arte Urbano“ (o prestar atención en la calle) y deslumbrarse.


Pero lo que más me gusta de las medianeras es otra cosa. Un detalle que me llamó la atención desde que era chica: Lo que dejan los viejos dueños de la pared. La forma ascendente que dejan las escaleras que solían apoyarse en ella, los azulejos color pastel que quedan de algún baño, los colores de la pintura de cada habitación. Eso que da una idea de pasado, que perdura mientras se gasta con el tiempo. Detalles con historias de vida.


Una vez vi, sobre la medianera de una casa que estaba siendo demolida, una inscripción de aerosol que decía: Luli vivió aquí. Me dio un chucho extraño. Como si la chica tuviera algo que decir. Como si ahora no viviera en ningún otro lado. Nada de terror, tres palabras que llamaron mi atención.



Las medianeras no son completamente herméticas. A través de ellas se escucha de todo: resulta algo común sentir voces ajenas en el propio departamento. Voces que no parecen pertenecer a uno mismo, ni a la familia, ni a los invitados. Voces que no se asemejan en nada a la del locutor de radio o a las de los actores de la televisión. Suele darse, entre quienes las escuchan, una tímida sospecha de estar en compañía. Y siempre hay uno al cual mandan a asegurarse, por las dudas, de que si es o no el caso.


La situación no tiene demasiado sentido. Si hubiese alguien más en el departamento, daría igual descubrirlo que éste lo descubra a uno. La gente no ha aprendido a vivir tranquila ni en un mono ambiente. Todavía no entiende que, aunque conviene ser precavido, las cosas suceden y muchas suelen ser inevitables. Tanto hipocondríaco, tanto fóbico, completamente inútil: si el tiempo no se usa a tiempo, finalmente se envejece temiendo morir.


Digo que todo es por la culpa de las películas de terror. Le hacen creer a cualquiera que alguien nos acecha dentro de la bañadera, y que desaparecerá si corremos la cortina. O que pueden meterse por la ventana mientras dormimos, o que se esconden bajo la cama, tras la heladera…


Más allá de las erróneas y retorcidas mentes humanas, estas famosas voces suelen venir de los vecinos. Más de uno habrá querido mudarse (del edificio o al departamento de al lado). Muchos tocaron timbres para averiguar qué era lo que pasaba detrás de las paredes. Otros se quedaron escuchando, utilizando a la familia de al lado como la propia telenovela.


Pero es un acto que incluye gran peligro. La vida privada no puede ser juzgada así como así. Como dicen, cada familia es un mundo. Estar de oyente sin ser visto es un riesgo que no recomiendo correr.


Un buen amigo mío, cada noche, en vez de mirar la televisión, se sentaba a escuchar las conversaciones telefónicas de su vecina. La conocía únicamente de saludarla en el ascensor. Pero después de sus sesiones de escuchas ilegales, ya creía saber todo sobre la muchacha. Me contaba, cuando nos encontrábamos a tomar un cortado en La Giralda, los problemas de soledad con los que andaba la chica, cuánto se quejaba de estar soltera, cuánto extrañaba a su anterior pareja. Y mi amigo pensando en entrar a su casa y desvestirla para quitarle todos los males a su vida. Le dije hasta el hartazgo que era mala idea, pero no me escuchó. Una noche, volviendo del laburo, se la cruzó subiendo para el Octavo. Le charló los ocho pisos y, cuando bajaron, la invitó a pasar a tomar algo en su departamento. La chica aceptó y, al cabo de una hora, estaban en la cama. Cuando ella decidió volver a su departamento a dormir, él le confesó su habitual actividad nocturna. Pésima decisión. Lo cacheteó y nunca volvió a recibir un saludo de su parte.


Más de un escritor debe haber sacado ideas de las conversaciones de sus vecinos. Más de dos personas se habrán comunicado en código morse con golpecitos en la pared que las divide. Debe hasta haber habido quienes tocaban de un lado el piano y del otro el violonchelo e idearon sinfonías completas. O personas que se aguantaron los gritos, la música, los gritos de placer, los golpes, y hasta los sonidos flatulentos de sus vecinos sin queja alguna. También estará  quien se habrá quejado.


El problema es no poder elegir al vecino: ese compañero de medianera que no se elije, igual que a la familia. Con el que hay que convivir y olvidarse a veces de que existe para tener una vida privada. Porque si jamás nos olvidáramos, entenderíamos que nunca estamos solos en el mundo.


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