2.23.2012

Para observar hoy todo el hielo en la ciudad

La perdí. Desapareció. No parece estar en ningún lado. No tengo idea de dónde podría encontrarla. No sé cómo, ni dónde buscar. No conozco escondites, ni rincones, ni agujeros, ni cajas, ni cajones, ni esquinas donde podría estar. No sé, no la encuentro, no está. Me olvidé.
En la feria de la plaza de San Isidro hay un puesto de remeras. Está casi llegando a la escalera para bajar hacia la calle. El tipo que la atiende vende remeras con estampados sobre música. Si le preguntás, es muy difícil que deje de contarte, con esa voz rasposa, medio a lo Pappo, sobre lo originales que son las imágenes grabadas en las remeras, ni lo rockeramente históricas que son. Y tiene mucha razón. Las remeras van desde Los Beatles, Janis Joplin hasta Steve Ray Vaughan. Él se sabe bien qué significa cada uno, cuán importante fue.
Gran adquisición: una de sus remeras, con fondo negro y estampado del payasito del primer disco de Almendra, que dibujó el mismo Flaco. Debajo del payasito se leen tres frases, a la derecha de un ojo, una lágrima y algo que siempre creí una sopapa. Son referencias para las canciones dentro del CD: Temas que canta el hombre de la tapa desmayado en el vacío, Temas que están en el brillo de la lágrima del hombre de la tapa... Una remera con talle de flaca y dibujo del Flaco.
Esa misma Muchacha se me perdió. En Montevideo, una noche que amagaba con lloviznas, la colgué de mi morral en vez de amuchar el relleno y guardarla adentro. Estaba tan colgada con los murguistas que acababan de bajar del tablado, que recién me di cuenta cuando volvía, a la madrugada, para Playa Verde, de que la remera no estaba más.
Y así mismo nos desapareció el Alma de Diamante de Luis. Se fué, escurridiza. Ese Dios de mi Adolescencia, que me hizo divertirme con las campanas... y hoy pienso que son de allá, de su muerte. Tantos ojos de papel que no dejaban de llorar. Tantos elementos que sin él se vuelven Invisibles. Extraño su alma, no sé si aquella luz se queda en mí. Tantos corazones de durazno sangrando de dolor bajo el agua de las lágrimas. Tantos puentes amarillos que habría que cruzar para reencontrarlo.

Ay, Flaco, no te alejes tanto de mí...

Este verano me contaron, entre tantas hipótesis e historias que debe haber sobre el mismo tema, que a Durazno Sangrando la compuso en Córdoba. Parece que a un hermitaño alemán, un día le pintó conocer la serrana provincia, por tener fama de tranquila, relajada, descansada. Parece que viajó y consiguió unas tierras cerca de Capilla del Monte, más allá del Uritorco, por donde parece no haber nada. Unas tierras verdes, entre subidas y bajadas, con ollas, piedras, ríos, cascadas. Y allí plantó, con la idea de auto abastecerse, árboles frutales y armó jardines y huertas con todo tipo de verduras de exquisitos nombres. El hombre creía poder adivinar en el paisaje a todas esas semillas convertidas en árboles. Alucinaba imaginándose los colores de los tomates, las uvas, las calabazas. Cada uno con sus respectivas hojas, nervaduras, raíces, con su recorrido por la tierra para encontrar la luz. Alimento verde gracias a sus propias manos: gracias a su dedicación en el encuentro del lugar ideal, ese preciso espacio donde da el sol y prende las fibras de vida que la tierra sabe proveer. Pero la espera se extendió demasiado. Pasaban los inviernos y nada parecía salir a la luz del día. Parece que terminó resignándose. Y que llamó a esas orillas del río "Huertas Malas". 
Más tarde, años después de su muerte, las plantas comenzaron a nacer. La vida se daba fiestas de color en ese paisaje. Increíblemente, hoy, la fruta sigue creciendo de los árboles que plantó el alemán.
Entre los frutales no podía faltar uno, del que, temprano, cayera un durazno. No podía faltar un sol que lo volviera de rosa a dorado. Que lo dejara escuchar, desde las carnes que protegían su carozo, una música. Y quizás la brisa de enero de Córdoba fue la que lo empujó al río. Quizás fue por esas aguas por las que se dejó llevar, partido, sangrado.
Y si así es, como dicen, entonces es aquí, en Huertas Malas, valle al que llegamos después de largas horas de caminata, donde los duraznos son de los Duendes.


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