-Te leo la carta-susurró Camilo-pero escuchame en silencio.
Se aclaró la garganta y comenzó:
-Querida, me gustaría que te enteraras de los hechos que atormentan mi existencia últimamente. Mi sistema digestivo parece tener una extrema sensibilidad.
Hoy, al salir de tu casa, tuve el honor de cruzármelos. Sí, a ellos dos, juntos, de la mano, como te imaginarás. Quise saludarlos, por cortesía, digamos. Los dos sabemos que a pesar de la incómoda situación, fueron dos personas importantes en mi vida y era ridículo no hacer nada. El problema: mi boca no transmitió sílaba alguna. Y sentí cómo mis labios se hinchaban, al igual que mi rostro, progresivamente. Fue como no tener esa parte de mi cuerpo. Me miraron sin querer, se dieron vuelta y siguieron caminando. No vi un mísero comentario salir de sus bocas, pero me di cuenta del ambiente que se había creado allí. Y no creas que es por generarle celos a tu débil cuerpecito, Clara mía, pero creo que ella me extraña. Su boca me lo dijo, cuando apretó los labios con un suave desdén que, realmente, era deseo.
Mas allá de todo esto, hoy sé que tus manos y las mías logran disponerse de tal forma que las teclas blancas y negras podrán volver a formar sonidos otra tarde en tu sala de estar. Porque tus dedos entre los míos pueden hablar en un idioma que conocemos y que está mas allá de la música. Cuando tus yemas acariciaron mi blando cuello, como buscando el sonido de mis teclas, sentí cosquillas en el lugar menos esperado, dentro de mi vientre. Y me reí tanto por dentro como por fuera.
A veces parece que escucharas mi mente, querida. Mi estómago también sufre esos hormigueos cada vez que entendés que quiero sentirte desnuda sobre mi cuerpo, que necesito unos minutos en silencio, que solo quiero escuchar tu piano... ¿qué es eso de saber qué quiero cuando jamás lo dije?
Y ahora podrías explicarme, Clara, ¿cuánto tiempo puede esperar una mísera canción a ser escuchada? Aunque el tiempo pase, cuando entra por mis oídos, la canción me eriza la espalda o una sensación tibia aparece en mi esófago. Ahora que te regalé una canción negra y acolchonada, ¿cantarías? ¿Susurrarías las palabras, modulando con tus labios? Podría dormirme, entibiado, sobre tu pecho. Y en unos años, cuando la escuches, el frío en tu espalda te va a sorprender.
Por último quiero contarte que antes de encontrarnos, ¡ay Clara!, mi garganta sufrió tres fuertes nudos, imposibles de desatar. Uno de ellos hablaba de tus ojos, el otro de tu ausencia. Este, que todavía no se va, son puras dudas.
Camilo.
Cada vez que Camilo Yunque, un casi catador de carreras en la Universidad de Buenos Aires, salía de su casa del bajo y caminaba hacia la estación vacía, llegaba a ver una pequeña cantidad de gente. Se quedaba allí fumando, mirando a unos cuantos especímenes pasar. Desde que se había mudado, la gente le llamaba mucho la atención, y sentía que además de la música, su vocación era observar. Y observaba mucho.
Una tarde de lluvia, cumpliendo su rutina, resolvió sentarse bajo el techo de la estación, ya que, por más que el piso estuviera mojado, su mota de cabello no necesitaba mojarse también. Su cabeza era pequeña en relación a su cuerpo largo y flaco, su piel siempre estaba bronceada debido a sus orígenes turcos. El color de los ojos le cambiaba según el clima, pero variaba entre los verdes y amarillos. Apoyó unos auriculares enormes y negros, acolchonados, al costado de sus oídos y se distrajo con una chica que parecía estar a punto de volarse con la tormenta.
La chica tenía una pequeña cicatriz bajo el ojo izquierdo que Camilo moría por acariciar, e intentaba abrigarse con un sobretodo blanco que el viento pegaba a su menuda figura de tal forma que Camilo lograba admirarla. Le llamó la atención ver que ella llevaba un libro en la mano, pequeño y verde, titulado "Hanon". Cuando el tren se detuvo en la estación ella no lo miró de reojo ni le lanzó un papel con su teléfono anotado. Simplemente tiró del cuello de su abrigo, lo ajustó mientras esperaba que las puertas se abrieran, y subió al vagón.
Cuando el tren se alejó del andén, Camilo comenzó a sentir el frío en los agujeros de su pantalón y, angustiado, decidió regresar a su casa para tomar un café. Mientras tragaba el líquido repugnante que había preparado varios días atrás Lucía, una de esas histéricas que no sabían si lo odiaban o lo deseaban (pero que igualmente pasaban cada tanto, por las noches), no pudo dejar de pensar en la muchacha de la estación. La cicatriz debajo del ojo y la cintura tras el sobretodo parecían ser demasiado para Camilo. Y se le ocurrió la idea más triste: tal vez esa muchacha era cómo cualquier otra que él conocía, de las que piensan que la política no es para ellas, de las que se sientan sobre la falda de sus amigos dandoles material de seducción, queriendo parecer indefensas, sin serlo. De las que no pueden disfrutar de despertarse sobre el pasto mojado de la costanera, o de volver a la infancia jugando a la sardina. De las que abren el paraguas cuando llueve para que no se les dañe el peinado, de las que jamás se entregan por orgullo o miedo a las heridas.
Definitivamente, esa chica no era para él.
El problema de Camilo era su forma de enroscarse. Las mujeres como ésta lo encerraban, lo envolvían en el vapor del romanticismo. ¿Cuántas posibilidades de encontrársela nuevamente tendría, si era la primera vez que la veía en la estación? Seguramente viviera en otro barrio, y usaba ese tren por primera vez en su vida, ya que para viajar utilizaba una variedad de colectivos. O tal vez venía de visitar a su novio, o acababa de mudarse con su esposo...
Quizás, lo que le faltaba, era averiguar.
Cuando se hizo de noche, sonó el timbre.
-¿Quién es?
-Lucía de nuevo, me olvidé la agenda ayer, Camilito.
-Ya bajo.
-No, dejá, tengo llaves.
Lo último que quería Camilo en ese momento era luchar contra los instintos asesinos de Lucía. No sabía de donde había sacado una copia de la llave ni quería averiguarlo. La conocía de sus meses de "militancia", antes de decidir que quería tener su propia idea de la política. Los ojos oscuros de Lucía lo habían manejado en una relación de dos largos años que empezó en las reuniones de un partido del cual nunca supo el nombre. Ahora, a sabiendas, estaba primera en la lista de sus histéricas nocturnas.
-Hola gordo, estoy apurada así que no me puedo quedar. Paso otro día, ¿sí?-Lucía se fue con la agenda en la mano y se abrió a si misma nuevamente con la misteriosa copia de la llave.
Esa noche, Camilo se quedó dormido en el sillón mirando unos cortos en la televisión, mientras los Skittles en su mano débil se iban tirando de cabeza al piso.
Al día siguiente cumplió su rutina en la estación, con un cigarrillo en mano y los auriculares sobre sus orejas. La muchacha no apareció en toda la mañana. ¿Qué le habría pasado? ¿Serían reales sus suposiciones? ¿Volvería a verla?Recordando un poco lo que había sucedido la mañana anterior pensó en el libro. Tal vez no era la mejor pista para encontrarla, ya que ese libro posiblemente estaba siendo leído simultáneamente en varias partes del mundo por millones de otras personas que no eran ella. Pero era su único dato.
-Félix, ¿estás atendiendo todavía?
-Está medio vacía la cosa, pensá que ya estamos a mitad de año. Creo que en un rato voy a cerrar para almorzar, ¿qué pasa Camilo?
-No cierres, voy para allá.
Camilo subió la barranca por la plaza, hasta la estación de la línea Mitre. Corrió para alcanzar el tren y se bajó en Belgrano. Luis María Campos estaba repleta de gente a cualquier hora y cualquier día, por suerte no había visto a la muchacha allí, o le hubiera sido completamente imposible volver a encontrarla. La librería de Félix estaba a unas cuadras de la estación, casi llegando a Cabildo. Vendía libros nuevos y usados, llenos de polvo, muchos que jamás habían sido tocados. Por suerte había un registro con todo lo que entraba y salía. Siempre a la antigua, en un cuaderno "Gloria" color verde escrito con birome, en una letra que sólo Félix sabía descifrar.
-¿Qué te trae por acá Camilo?-Camilo notó a Félix nervioso, pero no prestó atención.
-Necesito que me ayudes. Tengo que encontrar un libro que se llama "Hanon"
-Uf... Hanon, Hanon...-Félix buscó en su cuaderno Gloria con mucha dedicación durante varios minutos.-No encuentro nada. Te lo puedo buscar para dentro de unos días, pero si...
-No, por favor. Ahora. Es urgente
-Camilo, hay librerías así en todas partes. A cuatro cuadras de tu casa hay una. Andá. Ah, che, una pregunta. Todavía no elegiste qué carrera seguir, ¿no?
Camilo no respondió, la pregunta lo tenía cansado. Félix, sabiendo que era inútil esperar una respuesta, le anotó la dirección en un señalador y Camilo salió del local para tomarse el tren.
Efectivamente, había una librería de usados mucho más cerca. Y la vendedora era una viejita que parecía dispuesta a ayudarlo, lo atendió muy bien y le pidió que le preguntara " por cualquier cosita que necesitara". El lugar no era tan polvoriento como la librería de Félix. Al contrario, Camilo se puso contento de poder revisar tranquilo entre los estantes relucientes.
-Un libro que se llama Hanon no lo tenés, ¿no?
-Hanon... dejame ver m'hijito.
La vendedora se metió en el depósito y lo dejó solo, con ese tesoro de tiempo y letras sobre papel. Sobre un mueble cercano vio un libro que parecía más viejo que la mujer, "Clara". Lo abrió, separando cada página con cuidado, hacia la izquierda. Apenas empezó, se le hizo imposible detenerse. La historia era perfecta, un espejo de sus deseos. Hacia el final, había una descripción de los sentimientos del protagonista para su amada. No logró leerla, ya que la vendedora lo interrumpió:
-¡El pianista virtuoso! Aquí está. Charles-Louis Hanon hizo 60 ejercicios para piano que se explican en este libro. ¿Lo lleva?
...tiene que continuar
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