7.21.2010

No pienses de más

Querida, me gustaría que te enteraras de los hechos que atormentan mi existencia. Mi sistema digestivo parece tener una extrema sensibilidad.
Hoy, al salir de tu casa, tuve el honor de cruzármelos. Juntos, de la mano, como te imaginarás. Quise saludarlos y mis labios no transmitían sílaba alguna. Al instante, el lado derecho parecía hincharse, al igual que mi rostro, progresivamente. Era como no tener esa parte de mi cuerpo. Me miraron sin querer, dieron vuelta sus ojos y se quedaron serios, mientras seguían caminando. No es por generarle celos a tu debil cuerpecito, anhelada Clara, pero creo que ella me extraña. Su boca me lo dijo, cuando apretó los labios con un suave desdén que, realmente, era deseo.
Creo que tus manos y las mías están dispuestas de tal forma que las teclas blancas y negras pueden formar el sonido. El mismo que se escuchaba en el Colón, en el Guetto de Varsovia. Que tus dedos entre los míos pueden hablar en un idioma silencioso, conocido. Y cuando tus yemas acariciaron mi blando cuello, como buscando el sonido de mis teclas, aparecieron las cosquillas en el lugar menos esperado, bien dentro de mis entrañas. Y la risa le dejó su lugar a mi sonrisa amplia.
A veces parece que escucharas mi mente, Clara, ¿qué es eso de saber qué quiero cuando jamás lo dije? Mi estómago sufrió el hormigueo nuevamente cuando lo imaginado se hizo real, y acomodaste mi mano de tal forma que pude poner algo de tu pelo detrás de tus orejas. Fue el mismo movimiento que había retenido en mi mente desde la tarde, esa idea, esas ganas. Tus poderes sobrepasan mi realidad.
Y ahora podrías explicarme, Clara, ¿cuánto tiempo puede esperar una mísera canción a ser escuchada? Aunque el tiempo pase, cuando entra por nuestros oídos, la canción te eriza la espalda o una sensación tibia aparece en tu esófago. Si te regalo un single por el tiempo que dure la negrura, ¿cantarías? ¿Susurrarías las palabras, modulando con tus labios? Podría dormirme, entibiado, sobre tu pecho. Y en veinte años, cuando la escuches, el frío en tu espalda te va a sorprender.
Por último quiero contarte que antes de poder verte, ay Clara, mi garganta sufrió de fuertes nudos, imposibles de desatar. Uno de ellos hablaba de tus ojos, el otro de tu ausencia. Este, que todavía no se va, quiere demostrarte mis dudas. Ya no sé que quiero, porque algo dentro mío decide lo que mi cuerpo hará.
Este viaje va a servirnos para olvidar y limpiar los restos de ceniza dentro de nuestra mente. Clara mía, puede que te extrañe.

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