Sobre Buenos Aires flotan ventanas amarillas cada noche. Estos cuadrados alineados apuntando hacia el cielo, como queriendo subir, se prenden apenas se apaga el sol.
Cada tanto, las sombras se cruzan, tiñendo la luz, moviéndose dentro del cubículo que quiere ascender a toda costa, que quiere reemplazar a la estrellas. Las ventanas amarillas son algo constante.
A veces se apagan. Si los ojos de alguna sombra quieren cerrarse para dormir, apagan las ventanas. Oscurecen los cubículos y se meten entre sus sábanas, con sus mujeres, sus pastillas o su silencio. Las sombras solas son lo más triste dentro de las ventanas negras. Porque las ventanas amarillas no necesitan más de una sombra, pero las negras son tan frías que a veces se alimentan de la mente de las sombras solitarias.
Cuando las ventanas amarillas se apagan, se vuelven negras y desaparecen sobre el cielo. Se desvanecen en la noche. Flotan en el cielo mientras las sombras duermen. Y dejan su deseo del ascenso, se disponen a callar sobre alguna avenida.
La ciudad no desprecia a las ventanas negras, porque son íntimas aunque estén repletas de soledad. Porque en ellas hay sueño y vigilia, hay hasta sombras despiertas en la oscuridad. Y dicen que las ventanas negras escuchan mejor. Porque no saben quien llora, quien grita de placer, quien canta en la madrugada. Entonces resultan objetivas y consoladoras. No se cansan, son plenas, tan infinitamente llenas como vacías. Las ventanas negras tienen manos de fuegos que acarician, dientes, labios que besan. Guardan respiraciones, suspiros y sudor, se guardan los secretos de quienes bajan por la noche a abrir la heladera y pintan la ventana de amarillo por un momento.
Dicen que la oscuridad de las ventanas negras tiene los ojos abiertos.
En once, una fuente inmigrante de Gazpacho en las manos de María Estela cruza la ventana amarilla. Su novio africano huele. El vapor perfumado inunda su cuerpo y sale por sus poros negros. Se conocieron en un tren hacia el Noroeste argentino que salía de Retiro. Él iba por primera vez, ella visitaba a su hermana. El gazpacho se lo enseñaron a hacer sus abuelas, las dos españolas de pura cepa. La fuente viajó en el barco desde la península ibérica décadas atrás y ahora cruza la luz de una ventana amarilla.
Con más deseos ascendentes, lejos, se ennegrece otra ventana. Dos hermanas, rubias, de flequillo, comparten un un departamento pequeño, la ropa, la comida, los ojos alemanes, los amigos de la Goethe, los domingos en la quinta de Benavidez, las ganas de casarse, el miedo a no irse nunca. Discuten.
Su balcón da al río, al igual que el balcón del Tano, que vive solo. Su ventana es siempre negra porque todavía no le instalaron la luz eléctrica y cada vez que se hace de noche y él es solo una sombra en un oscuro cubículo, extraña a Giuliana. Su mujer murió hace tres años, por lo que se acaba de mudar a otro lugar. Para despejarse un poco, le recomendaron. Mientras los cubículos amarillos de Buenos Aires se van apagando, entra al cuarto y cierra la ventana que da al balcón. Por ahí, el día que su ventana esté amarilla pueda volver a mirar el río sin angustiarse.
Estas ventanas cambian cada vez más de color. Rojas, azules, verdes... depende de qué película estén pasando por telefé los domingos a las ocho.
Y ahora aparecieron las blancas. Son ventanas que no buscan ascender, que parecen estrellas por sí solas.
Las lámparas de bajo consumo están cambiando el cielo de Buenos Aires.
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