Hasta podrías aprender a bailar por mí. Me alcanzás un vaso, confío. Te sentás, desconfío. Nuestra canción, confío. Me levanto, te levanto. No confías, me pierdo. Por fin, por esta vez, decido. Ya confío,pero en mí. Estoy dispuesta a seguir así. Vuelvo y aprendo a hablar, sé confiar. Empiezan a entrar las estrellas por el balcón abierto, y la música se va chorreando hasta la vereda. Los egipicios nos observan de perfil, impregnados en papiros sobre la pared.
Me extraño a mi misma, en esos lugares tan comunes, clichés de mi vida, que se convierten en deja vús de recuerdos inolvidables. Y si no lo hacen es porque me equivoco de persona de vez en cuando, callejuelas confusas de mis pensamientos. El sillón se empieza a convertir en pura pluma, y deja su cáscara roja sobre el suelo de pinotea lustrada. Miradas sonoras, agradecimientos y despedidas. Una charla acompañada de un puñado de nueces y almendras, endulzadas con palabras que no desean ser oidas. Me abraza el recuerdo de un susurro, una risa y cosquillas en el estómago. No entendía nada, voy cambiando de tiempo: ésto pasó y está por pasar. Te extraño cuando veo el paisaje de nuestro próximo balcón estrellado, te quiero tener cerca la próxima vez que lo vea, con el cielo vomitando estrellas.
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